Quizá el mejor consejo que me han dado nunca ha sido éste: “has de tirar los dados”. ¿Cómo sabes que estás ante el mejor de los consejos? Porque es al que menos caso haces, por eso. Pero no seguirlo no lo hace menos cierto, has de tirar los dados porque no tienes ni idea del resultado que va a salir. Nunca. Esto es así porque en la mayoría de situaciones importantes juegan un papel inesperado tantas cosas —que no ves y no puedes calcular—, que el resultado siempre será incierto. Así que siempre hay que tirar los dados. Sin embargo, el pasatiempo frustrante al que nos dedicamos, en vez de hacer rodar los pequeños cubos y ver qué sale, es el de intentar adivinar el resultado de antemano, sacar conclusiones y muchas veces dejar los daditos quietos. Y he aquí la cuestión, los humanos somos incapaces de adivinar el futuro. Somos nefastos en ello y peor que nefastos, somos unos inútiles para predecir con un mínimo de precisión. Creemos que no es así, pero todas las veces que se ha estudiado se confirma. Y cuanto más expertos nos creemos en algo, peores suelen ser los resultados de intentar una predicción sobre ese algo. Cuando uno lee que gurús en bolsa aciertan sistemáticamente menos que cuando todo se hace al azar, no debería extrañarnos. De hecho, creo recordar que unos monos, sin saber lo que hacían, conseguían mejor rentabilidad en bolsa que muchos expertos. Igual eso último es fruto de mi memoria que se olvida todo e inventa cosas, pero es posible que haya algo de cierto. Del mismo modo, algunos científicos sociales han estudiado cómo cree la gente que será de feliz cuando tenga esto o aquello y luego, tiempo después, ha acudido a comprobar si el nivel de felicidad era similar al previsto en las distintas situaciones. No lo era, siempre pensamos que seremos más felices teniendo cosas de lo que luego lo somos cuando las tenemos realmente. Eso también tiene una parte positiva, pero no viene al caso aquí. Esta incapacidad de predecir te la encuentras también en lo más cotidiano; pones ese magnífico pensamiento en una red social y crees que va a extenderse como un incendio, pero he ahí los grillos de fondo. Luego pones cualquier gilipollez, con la que sería lícito que pensaran que tienes algo de retraso, y de pronto se extiende o gusta. Y como este rincón, al final, casi siempre tiene que ver con escribir, enfocaré la diatriba hacia ahí. Uno escribe eso que cree que es genial y cuando ve la luz, compruebas que sólo lo creías tú. Mientras tanto, otras veces escribes algo que no te gusta nada y la gente responde y comenta y tú te preguntas que cómo es posible, mientras respondes educadamente. ¿Por qué pasa eso a menudo y aún nos extrañamos? La respuesta es la de arriba, los humanos somos arrogantes y creemos que podemos predecir el futuro y leer mentes, pero no. Sólo podemos tirar los dados y ver qué sale. A veces el resultado coincide, a veces nos pega una patada entre las piernas. Especialmente cuando a uno le empiezan a leer, surge un problema en el escritor. Comienza, en mayor o menor medida, a dudar sobre la aceptación que tendrá lo que está haciendo. Resulta que esa aceptación es un elemento extraño que ha reptado dentro de su arte, pues ahora tiene un cierto público que le mira y una vez lo tienes nadie es totalmente indiferente. Así que el escritor puede que intente anticipar qué gustará, quizá hasta se adapta a aquello que cree en su cabeza que otros esperan de él. Además es que siempre está el listo que dice que si quieres que te lean, has de escribir pensando en tu público. Visite una librería, verá que las editoriales también juegan al estéril pasatiempo de intentar leer la mente de sus lectores. Así pasa, miles de clones de la moda de turno se hacinan en las estanterías y al final acaban como acaban todos los libros: unos pocos se leen y una gran mayoría se ignora. Y aunque salen muchos artículos sin sentido explicando los éxitos a posteriori, la verdad es que nadie sabe realmente por qué se leyeron los que se leyeron, pues han movido los dados esos muchos elementos ocultos e impredecibles que hay en toda situación. La ironía de todo ello es que acaba sucediendo lo mismo que si no hubieran intentado leer esas mentes: unos pocos libros habrían gustado mucho y otros muchos no demasiado. Así ocurre casi siempre en todo. Nadie puede predecir el futuro, de modo que lo mejor es seguir el consejo que empezó todo esto porque es bueno. Hay que tirar los dados y ya verás el resultado cuando dejen de rodar. Al fin y al cabo, si alguien te empezó a leer, es porque le gustó lo que te sacaste de la cabeza o de las tripas. Por eso supongo que lo mejor es seguir por ahí, ya que fallarás y acertarás igualmente por el camino, pero al menos escribirás lo que te dé la gana. Cuando empiezas a dudar, cuando empiezas a pensar si algo gustará o qué será eso que podría agradar más a los que están al otro lado, estás jugando a adivinar los dados en vez de tirarlos. Así que como no estamos hechos para el futuro y éste es el mejor consejo que jamás he recibido, voy a proceder con lo que toca: ignorarlo completamente y seguir creyendo que yo sí puedo adivinar lo que va a salir en la tirada, en ésta y en todas.