Nunca estuve muy seguro de cuál era el objetivo de esta web cuando la creé hace más de diecisiete años. Que lo que quería contar saliera a jugar, que lo que me interesaba tuviera un sitio porque lo merecía, no sé.

Fuera lo que fuera, esta web también ha sido siempre un refugio para las cartas. Su verdadera llama la mantienen viva unos pocos valientes y yo no estoy entre ellos, pero al menos pago tributo, porque esa escritura tiene lo fundamental para que sea buena. Es honesta, suele tratar lo importante para el que escribe y nunca espera ser leída, excepto por el destinatario.

No tiene que someterse a reglas, no espera agradar a muchos, no hay dinero que ganar, ni ansia de fama por ningún lado. Es la expresión más pura de esa pequeña magia que tiene escribir.

Y ya hacía mucho tiempo que no clavaba una chincheta en la pared con otra carta que creo que merece ser leída por todos, aunque no lo pretendiera.

Richard Feynman fue uno de los físicos más importantes de la era moderna. Un genio y un personaje colorido y carismático.

Durante su doctorado, Feynman se casó con Arline Greenbaum. Ella estaba muy enferma de la tuberculosis que la mataría poco después, en 1945.

En 1946, Richard Feynman le escribió una carta que permaneció cerrada mientras estuvo vivo.

La carta decía así.

17 de octubre, 1946

D’Arline,

Te adoro, cariño.

Sé lo mucho que te gusta oír eso, pero no lo escribo sólo porque te guste, sino porque decirlo me calienta por dentro.

Hace tanto tiempo que no te escribo, casi dos años, pero sé que me disculparás porque entiendes cómo soy, testarudo y realista; y pensé que no tenía sentido escribir.

Pero ahora sé, mi querida esposa, que es correcto hacer lo que he tardado en hacer y que tanto he hecho en el pasado. Quiero decirte que te quiero. Quiero amarte. Siempre lo haré.

Me resulta difícil entender en mi mente lo que significa amarte después de que hayas muerto —pero todavía quiero consolarte y cuidarte— y quiero que me ames y me cuides. Quiero tener problemas que discutir contigo, quiero emprender pequeños proyectos juntos. Nunca pensé, hasta ahora, que pudiéramos hacer eso. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Empezamos a aprender a coser ropa juntos, a hablar chino o conseguimos un proyector de cine? ¿No puedo hacer algo ahora? La verdad es que no. Estoy solo sin ti y tú eras la «mujer-idea» y la instigadora general de todas nuestras alocadas aventuras.

Cuando estuviste enferma, te preocupabas porque no podías darme algo que querías y pensabas que necesitaba. No tenías por qué preocuparte. Al igual que te dije entonces, no era necesario porque te quería mucho en muchos sentidos. Y ahora es aún más cierto: ya no puedes darme nada y sin embargo te quiero tanto que te interpones en mi camino para amar a cualquier otra, pero quiero que permanezcas ahí. Tú, muerta, eres mucho mejor que cualquier otra persona viva.

Sé que me dirás que soy un tonto, que deseas que tenga una felicidad plena y no quieres interponerte en mi camino. Seguro que te sorprende que ni siquiera tenga novia (excepto tú, cariño) después de dos años. Pero no puedes evitarlo, cielo, ni yo tampoco —no lo entiendo, pues he conocido a muchas chicas y muy agradables y no quiero quedarme solo—, pero tras dos o tres encuentros todas parecen ceniza. Sólo me quedas tú. Tú eres real.

Mi querida esposa, te adoro.

Amo a mi esposa. Mi esposa está muerta.

Rick.

P.D. Por favor, disculpa que no te envíe esto por correo, pero no conozco tu nueva dirección.

Consuelo, las cosas importantes, cruzar el puente que separa la vida de la muerte, tener una respuesta que esperar. Poder escribir y borrar, escribir y borrar hasta decir justo lo que deseas.

Las cartas marcan el camino de la buena escritura.