No me gusta el pasado. No voy a animar en su favor si alguna vez se mete en una pelea. Puedo reconocer su utilidad y todo eso, pero no significa que me guste. Está bien donde está, pero tiene la maldita manía de meter su zarpa en el presente, de dirigir el futuro como si siempre tuviera algo que decir cuando ni siquiera existe. No me gusta esa clase de gente. A veces me tropiezo con conocidos que vivían en dicho pasado y puede que fuera mejor o peor (hubo pasados que recuerdo buenos) pero no siento nostalgia ni ganas de repetir siquiera los mejores. Alguna vez me han dicho sobre cenas de compañeros de colegio y cosas así y a mí no me parece que exista infierno peor. He visto a alguna gente que se quedó atorada allí cuando te ven, que sólo te hablan (muy rápido durante el poco tiempo que les das) de cosas lejanas que no recuerdas. Y yo pienso que se han quedado atrapados en un sitio terrible. Del pasado encontré el otro día viejas cartas y me gustaron, eso sí. Encontré más de cien relatos de hace muchos años y me horrorizaron, eso también. Sé que fueron necesarios y bla, bla, bla, pero los releo y pienso quién era ese y cómo escribía tan mal, que no le entendía siquiera. Pero el caso es que encontré cartas y me senté en el suelo a releerlas. Las cartas, recibirlas, leerlas y releerlas (algunas) son la única parte del pasado que me gusta. Si alguna vez vuelvo a él será para echar alguna al buzón o abrir el mío para ver si hay algo. Siempre he sentido fascinación por las cartas, especialmente las ajenas. Las razones no son trascendentes ni literarias, sino, seguramente, puro voyeurismo. Por eso también me despiertan curiosidad esas cartas que publican de escritores, artistas y otra gente que murió con un lugar en la historia. Me gustan porque uno escribe una carta pensando en que no la leerá nadie más que el destinatario. Es algo secreto sacado a la luz, algo sincero. Especialmente cuando publican cartas de escritores cuya cabeza me interesa, corro a leerlas. Quiero ver cómo escriben cuando no están escribiendo. Muchas son cotidianas, otras fascinantes, otras pareciendo sospechar que un día puede que vean la luz, esas son las que menos me gustan. Muchos libros que recopilan cartas de escritores no suelen estar en español. Hace poco leía aquí y allá Reach for the Sun: Selected Letters 1978–1994 de Charles Bukowski. Tal día como ayer 12 de agosto de 1986, Hank le escribió a su editor, John Martin de Black Sparrow, una carta que se podría llamar de agradecimiento. Martin fue el hombre que ofreció 100 dólares mensuales a Bukowski para que dejara lo que estaba haciendo y se dedicara sólo a escribir. Bukowski tenía cincuenta años entonces y, diecisiete después, escribió esta carta a John Martin (traducida como buenamente me ha permitido mi humilde inglés).


 

12 de agosto de 1986

Hola John: Gracias por tu buena carta. No creo que duela, a veces, recordar de dónde venimos. Incluso la gente que trata de escribir sobre eso o hacer películas no lo pillan. Lo llaman “de 9 a 5”. Nunca es de 9 a 5, no hay pausa gratis para comer en esos sitios, de hecho, en muchos de ellos no paras para comer a fin de conservar el trabajo. Luego están las horas extras y los libros nunca parecen reflejar bien las horas extras y si te quejas de ellas, hay otro tonto para ocupar tu puesto. Ya conoces mi viejo dicho, “la esclavitud nunca fue abolida, sólo se extendió a todos los colores”. Y lo que duele es la constante disminución de humanidad de aquellos peleando por conservar trabajos que no quieren pero que temen más a la alternativa. La gente simplemente se vacía. Son cuerpos con mentes obedientes y temerosas. El color abandona a los ojos. La voz se vuelve fea. Y el cuerpo. El pelo. Las uñas. Los zapatos. Todo. De joven no podía creer que la gente pudiera entregar sus vidas a cambio de esas condiciones. De viejo todavía no puedo creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Sexo? ¿Televisión? ¿Un automóvil a plazos? ¿Por los niños? ¿Niños que simplemente van a hacer lo mismo que hicieron ellos? Ya desde pronto, cuando era joven e iba de trabajo en trabajo, a veces era lo bastante tonto para hablar con mis compañeros de trabajo. “Hey, el jefe puede venir en cualquier momento y echarnos, así por las buenas, ¿te das cuenta de eso?" Ellos sólo me miraban. Exponía algo que no querían que entrara en sus mentes. Ahora hay despidos masivos en las industrias (el acero ha muerto, cambios técnicos en los lugares de trabajo). Los despiden por cientos de miles y sus caras son de asombro. “Entregué 35 años…" “No está bien…" “No sé qué hacer…" Nunca pagan bastante a los esclavos para que sean libres, sólo lo suficiente para que sigan vivos y vuelvan a trabajar. Podía ver todo eso, ¿por qué ellos no? Ya me figuré que el banco del parque era igual de bueno o que la barra de bar era igual de buena. ¿Por qué no llegar allí primero antes de que me pusieran ellos? ¿Por qué esperar? Escribí con disgusto contra todo eso y fue un alivio sacar la mierda de mi sistema. Y ahora estoy aquí, un escritor profesional me llaman, después de haberles entregado los 50 primeros años de mi vida, he encontrado que hay otras molestias más allá del sistema. Recuerdo una vez, trabajando para un empaquetador en una empresa de iluminación, que uno de los empaquetadores dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”. Uno de los jefes pasaba por allí (su nombre era Morrie) y dejó caer una buena risa, disfrutando el hecho de que este tipo estaba atrapado de por vida. Así que, la suerte que a final he tenido escapando de esos lugares, no importa lo mucho que me llevó, me ha dado una cierta clase de gozo, el gozo feliz del milagro. Ahora escribo desde una mente vieja y un cuerpo viejo, mucho más allá del tiempo en que muchos hombres pensarían en continuar semejante cosa, pero ya que he empezado tan tarde me debo a mí mismo continuar. Y cuando las palabras empiecen a faltarme y me tengan que ayudar a subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de un clip, siento que algo en mí va a recordar (no importa cuánto de mal esté) cómo he atravesado el asesinato y el follón y la agitación, hasta llegar, al menos, a una manera generosa de morir. No haber desperdiciado del todo una vida parece ser un logro que merece la pena, aunque sólo sea para mí. Tu chico.

Hank

Carta de Bukowski