Una de las enseñanzas más importantes de la escritura es que una sola palabra puede marcar toda la diferencia. Y creo que uno de los principales efectos secundarios de dedicarte a escribir es la confusión irremediable entre dos verbos: ser y sentirse. Así, en la forma reflexiva.

Esa confusión puede parecer una paradoja, porque se supone que esto va de aprender a dominar la palabra adecuada, pero nos ocurre.

Así, muchas mañanas, tras escribir eso que ha costado, que no fluye y no te convence, te sientes un impostor y es normal. Sano incluso, ya lo vimos. Pero entonces viene ese efecto secundario y de pronto, «sentirse un impostor» se convierte en «ser un impostor». O cuando llega esa crítica demoledora (no importa si con razón o sin ella) te sientes una mierda, porque aún te quedan rastros de humanidad, pero dos minutos después, el verbo equivocado se vuelve a colar por las rendijas como una errata en la historia y esta cuenta que «eres una mierda», en vez de, simplemente, sentirte así de manera pasajera y lógica.

Sentirte un fracaso no es ser un fracaso, ni sentirte un genio es ser un genio. Mira todos los idiotas en Internet que confunden lo último. Son dos verbos más alejados de lo que parece, pero esa dislexia tan concreta es inevitable en el camino de la escritura.

A veces, recordar cuál es el verbo correcto y corregir la errata funciona un poco y, en la mayoría de ocasiones, no.

No debemos fiarnos de los sentimientos ni las emociones, pero esa es otra frase que no tiene poder aquí y sirve de poco. Saber las cosas no cambia nada. Todos sabemos que deberíamos cuidarnos más, comer mejor, movernos a menudo, pedir más disculpas aquí y muchas menos allá. Y da igual. Por irracionales que sean, las emociones lo dominan todo, son la puerta a lo más hondo que tenemos y nos mueven. Lo sabe el escritor que intenta generarlas con una buena historia y lo saben todos esos manipuladores que tratan de encender la chispa en las redes, en los artículos y vídeos capciosos. Y caemos como tontos una y otra vez en lugar de darles el tratamiento del silencio.

Los escritores, aunque fingimos con arrogancia y ego, somos los que peor nos tratamos. Uno puede pensar que es una ventaja, porque no importa quién me critique, no podrá decirme cosas peores que las que me he dicho yo, pero aunque repito mucho esa frase, no es así. Ese discurso desgasta y pagamos un precio psicológico enorme.

Como siempre, no tengo solución a la confusión de dos verbos, ni al autoodio en general. Si acaso, tratar de recuperar esa amistad con nosotros mismos que un día se perdió por lo mismo que muchas otras, la vida y sus cosas. Porque si viéramos a un amigo en un mal momento de fracaso, crítica o decaimiento, le diríamos las verdades del barquero: que algo que le ha ocurrido no determina quién es, que es demasiado duro con él mismo, que ignora los mil comentarios positivos, centrándose en la puya solitaria e irracional del momento.

Que esto pasará y en el fondo no importa, porque el poema de Ozymandias siempre tiene razón.

Lo que ocurre es que, como siempre, es fácil ver la errata en la historia de los demás, pero resulta imposible en la nuestra.

Es probable que a muchos nos haya costado siempre un poco lo de hacer amigos, que por eso comenzamos a escribirlos, pero se suele olvidar que la dedicación al arte es, en gran parte, un juego mental. Te dicen tantas veces que no y las probabilidades son tan bajas, que es imposible no salir herido, tocado de las dos alas y sin ganas de levantarse tras la última de las cien caídas.

Bastante hacemos con no salir armados a recrear Un día de furia.

No sé, es lo que le diría a un amigo, que estamos en un juego imposible en el que casi todos abandonan y nosotros ahí seguimos, que sentirse un fracaso no es serlo y que estamos aquí para convertirnos en mejores escritores, por tanto, hemos de usar siempre el verbo adecuado.

También que debemos ser mejores amigos de nosotros mismos y tratarnos como a tal. Eso no tiene nada que ver con la indulgencia y creo que, al menos, nos merecemos eso.