Comienza 2022. Esta vez sí, tenemos los propósitos adecuados y los vamos a cumplir, pero, una vez más, seguramente acabarán olvidados en una gasolinera en febrero. Y ni siquiera será traumático, sino lo de siempre. Un día cualquiera, pensaremos en todo lo que nos prometimos estos días, nos daremos cuenta de que ya nos hemos olvidado y nos encogeremos de hombros una vez más.

Sin novedad en el frente.

Es probable que, si eso sucede de nuevo, se deba a que no hemos tomado la decisión más difícil.

Que no es la de qué vamos a hacer este año, sino la de qué vamos a dejar de hacer, a fin de que lo realmente importante tenga espacio.

Esto es fundamental cuando estamos inmersos en un contexto que es experto en exprimirnos hasta la última gota de energía y, además, hacernos sentir culpables por no haber cumplido unas expectativas imposibles en primer lugar.

Esa es la gran trampa, esa es la manera en la que actúa siempre un sistema amañado y perverso. El fallo es él, que pide imposibles, porque sólo somos personas y las exigencias son cada vez mayores, pero nos traspasa e inculca la culpa con las narrativas adecuadas que repite constantemente.

Si no consigues cosas es porque no te esfuerzas suficiente, no te organizas bien, no tienes bastante motivación o lo que sea…

Pero la realidad es que es lo que se pide es casi imposible. Que el contexto nos ahoga con trabajos interminables y mal pagados, obligaciones de todo tipo y, además, repite que el fallo es nuestro, hasta que nos lo creemos.

El timo perfecto. Un patrón que reconoces en muchas otras cosas cuando por fin te haces adulto y abandonas esa arrogancia de la juventud que cree que puede con todo.

Por eso, la principal premisa, si queremos hacer algo este 2022, es decidir bien qué vamos a dejar ya en esa cuneta, para que en ella no acabe lo importante.

Lo complicado es ir contracorriente de la mentira que nos venden y hacer menos, en lugar de hacer más. Decidir qué saco de piedras dejar caer, porque, en realidad, ni siquiera lo deseábamos de verdad.

Ningún sistema de productividad nos va a dar más energía de la que es humanamente posible. Todos dejan de funcionar al poco tiempo, cuando pasa la novedad. Tampoco nos va a encontrar horas bajo las piedras, cuando la mayoría de ellas las absorben trabajos y obligaciones.

Soy un pragmático, sé y he vivido que la bohemia no paga facturas y los sueños no se comen. Por eso, hay que mirar bien todas esas cosas que queremos hacer y darle la mano a una o dos, porque esas son las manos que tenemos para coger cosas. Y sí, claro, eso implica dejar a todas las demás ya, durante los primeros días, sin querer mirar hacia atrás para que no se nos parta mucho el corazón.

Al menos para mí (que no quiero reconocer que soy un ser limitado como el resto, un juguete del contexto y el azar igual que todos) esta es la decisión más difícil del mundo.

Siempre he sido, en el fondo, un pardillo. Siempre he creído que, con este o aquel método, que de esta o aquella forma, podré trascender lo que más miedo me da: que sólo soy una persona con un reloj que hace tic tac, se acabará antes de que me dé cuenta y mi nombre se olvidará como el de Ozymandias.

Y sentiré que la mayoría de cosas que quería decir y hacer se quedaron dentro.

El único antídoto real, más allá de las zarandajas y promesas que nos hacen los gurús de medio pelo sobre productividad, objetivos y técnicas, es tomar esa decisión difícil. En gran parte, es complicada porque empieza por asumir lo que no queremos reconocer, que sólo somos esas personas con un tic tac dentro que no se para y no, no llegamos a todo.

Apenas llegamos a casi nada, de hecho, así que es hora de decidir qué será ese casi nada.

Para hacer una cosa, hemos de renunciar a diez, pero no queremos abandonar nada. Nosotros somos especiales, podemos hacerlo, triunfar donde los demás fracasaron, este año sí, un cuento típico que nos contamos los escritores.

Las promesas de febrero en la cuneta opinan lo contrario.