Vivo entre 62 y 73 normalmente. 89 en cuanto me habla alguien, 100 con una notificación de WhatsApp, 150 cuando entro a Twitter y 3.300 cuando suena el teléfono.

Ese es mi número habitual de pulsaciones, dice el reloj que llevo en mi muñeca izquierda.

Se me ha ocurrido medirlas también cuando escribo: 55, 51, 53… 44 es mi récord. No es una broma. Al parecer, escribir es mi meditación, el último refugio, ver el mundo arder por la ventana a cincuenta pulsaciones por minuto.

Me recuerdo un crío nervioso que se calmaba jugando solo en el suelo, hasta que le decían que tenía que salir a la calle, que no era bueno hablar siempre con los fantasmas de los rincones y nada más.

Nunca he entendido muy bien qué lleva a alguien a molestar a otro alguien que está tranquilo en su rincón, para ir a decirle lo que debe hacer.

Como jugar en el suelo ya no lo hago (tampoco sé por qué), supongo que soy afortunado de tener lugares a los que nadie puede llegar, otro motivo para escribir por el mero hecho de escribir, porque tratar de publicar también sube las pulsaciones.

Me fascinan algunos requisitos que se piden. Ya no hablo de esas peticiones como los M&M’s marrones de Van Halen (formato Word, margen superior de 3 cm, lateral de 2,5 cm, fuente Times a 12, interlineado 1,5, cada letra eme debe ir en negrita… cualquier cosa que no se atenga no será considerada), sino de las que dejan eso para el final tras un montón de aros que saltar: cuéntanos sobre ti, haz una sinopsis, una carta de presentación de la novela, dinos a qué público va dirigido, a qué obras se parece, en qué género se encuadra, cuántos seguidores tienes en redes e incluso el plan de marketing (eso vi una vez) que tendría la novela.

Y al final de todo eso, ya hablamos del manuscrito, como una idea difusa que se te ocurre en el último segundo.

Supongo que es lo correcto, que es para separar a los motivados de los Bartlebys, pero es que el poder de las historias es demasiado y lees a ese Bartleby de Melville cuando eres un chaval y piensas, qué tipo más insoportable. Pero lo relees de mayor y entiendes que Bartleby tenía razón, que su indolencia es como escribir, un acto de autodefensa ante un mundo con exigencias cada vez más ridículas en todos los aspectos de la vida.

Así que, como respuesta a muchas cosas, dices: «Preferiría no hacerlo».

Algo incomprensible para muchos, porque nos han condicionado a que saltemos a toque de silbato a cambio de golosinas cada vez peores. A que tengamos un trabajo que nos mata y no llega de todas formas y muchas gracias, señor, a sus pies, señor. A que una casa sea el sueño de una noche de verano y otra vez gracias y así con todo.

Y ahora, finales bruscos por exigencias del reloj, porque lo anterior es cierto y lo cotidiano es así. Hora de vivir por encima de las 60 pulsaciones.