Siempre he creído en el poder que tiene escribir bien, no sólo escribir. Para empezar tiene el poder de entretener, pero en realidad va mucho más allá y tiene el poder de emocionar de verdad. No se me ocurre otro mejor, o quizá sí, porque puede, de hecho, ejercer el poder de curar. Y además de eso, al parecer, también posee el poder de hacer pensar más hondo, de que nuestro cerebro se esfuerce y cree conexiones, se ejercite y crezca. Eso es algo que siempre he considerado necesario, pero hoy quizá más que nunca, pues estos son los tiempos en los que Facebook nos hace, literalmente, más tontos cuando lo usamos (además de deprimirnos). Mejor que no hagan con Twitter los mismos estudios, porque el cerebro parecerá un páramo lleno de cráteres y fundamentalismo por cualquier causa. De un tiempo a esta parte leo y visito mucho menos las redes, me refugio en el mundo analógico y sólo visito los barrios de Internet por los que nadie va (sí, los oscuros también). En algunos de ellos hay cosas muy interesantes que casi nadie visita, como por ejemplo el contrapunto a los párrafos anteriores. A alguien se le ocurrió investigar qué sucedía dentro de una cabeza mientras se leía a Jane Austen, y descubrió algo muy interesante. Había una diferencia entre leer por puro entretenimiento y leer profundamente, atendiendo al texto y sus posibles valores estéticos y literarios. En caso de tenerlos, claro. Y lo cierto es que esa diferencia no era poca. No sólo los centros del placer se activaban en los dos modos de lectura, sino que, cuando se leía de esa manera más atenta, fijándose más en el texto y sus cualidades, se activaban muchas más zonas del cerebro en el escáner, entre ellas las relacionadas con el toque o el movimiento, a pesar de que los lectores estaban bien sentados y quietos. Literalmente, una lectura más atenta te ponía en medio de la historia y te la hacía vivir de una manera más profunda. Y lo curioso es que se conseguían esos efectos simplemente pidiendo a la gente que cambiara su modo de leer, pidiendo que pasaran a esa lectura más cercana, analítica, fijándose bien en el texto y sus cualidades, poniendo más atención en vez de una ligera, donde apenas pisas el párrafo antes de pasar al siguiente. Con un mero acto de voluntad, el de leer atentos, concentrados y con calma, podemos acceder a ese bonito jardín más iluminado en nuestro cerebro. Pero claro, es importante que el libro tenga ciertas cualidades literarias más allá del entretenimiento, que no sea la enésima copia de la CIA buscando algo, o contar tu sueño húmedo como si estuvieras en el bar y con las misma palabras. De hecho, los investigadores teorizaron sobre el valor de la lectura atenta como entrenamiento mental. En los tiempos en los que Facebook, Twitter y compañía te vuelven literalmente imbécil y triste, me parece un buen antídoto. Y para ir más allá, está embarcarse en la gesta de escribir bien. No escribir sólo, nótese la diferencia del bien, porque marca el tomárselo como arte en el que empeñarse. Al fin y al cabo, también se ha demostrado que los artistas tienen más materia gris. Así que la recomendación para no perder esa materia y que escribas peor, supongo que es dejar de pasearse por las redes sociales, o al menos hacerlo sólo un instante y desde la distancia, como quien camina entre las jaulas del zoo sin meterse en ninguna. Y como contrapunto, pasar más tiempo entre párrafos que merezcan la pena, parándose un poco a oler las flores en vez de correr a terminar la página. Lo sé, digo unas tonterías… Nada más que leer aquí. Todos a Facebook a comprobar que los del colegio son igual de tontos que cuando se comían el pegamento.