Hoy breve, que tengo cosas importantes que hacer, como ir a autoregalarme libros. Hace poco estaba leyendo un artículo y su autor cita una serie de blogs de escritura interesantes. De pronto, aparece el mío. Y he aquí que el párrafo que lo describe habla de que cada artículo es como un puñetazo en el pecho. Guau, cómo somos, un puñetazo en el pecho. Si tuviera sentimientos me los habrían herido. Sin embargo obviamente es un cumplido, ahí estoy en esa lista de mejores blogs para su autor. Eso me hizo pensar un par de cosas, primero que todos somos un poco masoquistas, segundo: ¿Soy así de veras? ¿Soy como un puñetazo? Qué decepción, porque como sabrá el que haya recibido alguno, un puñetazo no es nada. Y que yo no soy así, como demuestra una de mis citas favoritas:

A las personas que me importan les deseo sufrimiento, desolación, enfermedad, injusticia e indignidades. Les deseo que no sean extraños a un profundo auto-desprecio, la tortura de no confiar en sus habilidades, la miseria de los derrotados: No tengo pena por ellos, porque les deseo la única cosa que puede probar que uno es merecedor o no de algo: que sea capaz de resistir.

Nietzsche dijo eso, y tenía toda la razón. Como la tenía Steinbeck en la última carta que apareció por aquí:

Pero sí tenía razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho, muchísimo tiempo. Y todavía estoy en ello y nunca se ha vuelto más fácil. Usted me dijo que no lo haría.

Probablemente un escritor que quiera llegar a algo sólo necesita dos cosas y ninguna de ellas es alguna clase de genio o talento natural, al contrario, necesita capacidad de resistencia y hábito para practicar buscando ser mejor. Una cosa implica la otra, pero la profunda resistencia que hace falta para ser escritor no sirve de nada si no te empeñas en practicar para mejorar, para escribir lo mejor posible cada día, estirando un poco más los límites de lo que haces. No quedarte en lo familiar, en los clichés, en los cinco trucos tontos del día que has leído por ahí, en hacer la copia de la copia. De lo contrario, con sólo resistencia serás un cabezota haciendo lo mismo en el mismo sitio por toda la eternidad. Y claro, como escritores, nunca valoramos bien el tiempo que hace falta, porque hace falta mucho tiempo y muchos millones de palabras para «escribir bien.» Tras 13 años de escritura profesional, en 1983, un licenciado en periodismo escribió su cuarta novela, The Armageddon Rag. Un absoluto fracaso para todos los estándares, cada vez que se la recuerda a su autor él replica que: «Básicamente destruyó mi carrera como novelista». Ocho años después, en 1991, publicó otra novela que acabaría convirtiéndose en un best-seller alabado por crítica y público, Juego de Tronos, que a su vez, otros veinte años después, alcanzaría toda la gloria de la que era capaz al verse realizada en una serie. De 1971 a 2010 van unos cuantos años. Es más, a pesar de que Juego de Tronos era ya un gran éxito en el género antes de la serie, Martin no podría imaginar esa revitalización posterior, y más casi veinte años después de publicarla. La cuestión de todo esto es que como escritores valoramos de una manera muy cortoplacista el tiempo que hace falta, ¿para qué? Para todo, especialmente para aprender a «escribir bien», eso que creemos que es mucho más fácil de lo que es. Pero si además somos uno de esos escasos tocados por la casi imposible lotería de que algún día nos lean, probablemente harán falta muchos más años de los que creemos. Ya he hablado alguna vez de que los tiempos editoriales son muy largos, y es que en general la escritura maneja tiempos extremadamente amplios, es por eso que este no es oficio para impacientes. Y mejor así, el paso del tiempo es la mejor criba porque hoy todo el mundo es escritor, pero mañana la mayoría ya no. Ya ni se acuerda de que quería ponerse con esa novela que tiene en su cabeza. Eso, y por supuesto mis mejores deseos para 2017: deseos de infortunio, miseria de los derrotados, etcétera. Me voy a comprar libros.