La escritura peligrosa es un paradigma dentro de las enseñanzas de Tom Spanbauer, perteneciente a lo que se suele denominar la corriente minimalista. Spanbauer surge dentro del grupo de autores muy influenciados por Gordon Lish, escritor y editor que en sus días de gloria tuvo bajo sus alas a nombres como Richard Ford o Raymond Carver:

Si tengo alguna posición o reputación o credibilidad en el mundo, te la debo.

Eso le escribió Carver a Lish en una carta. Que por cierto, Lish vive todavía.

El pupilo más famoso de Tom Spanbauer es Chuck Palahniuk, cuyo libro más conocido es a su vez El club de la lucha. Tras esta genealogía al estilo Juego de Tronos, dentro de una de las ramas más interesantes de la literatura estadounidense contemporánea, volvamos a la esencia.

El concepto principal que representa la escritura peligrosa es el de escribir lo que, personalmente, asusta o avergüenza al autor.

Como en una mezcla de psicoterapia y arte, el escritor explora y expresa, de una manera artística y con las licencias necesarias y el envoltorio que desee, esos miedos y bochornos.

Y lo hace de una manera honesta, porque no hay otro modo de escribir bien.

Esta literatura es muy dada, por su naturaleza, a la primera persona en la narración y a caminar por las líneas de muchas cosas que no se suelen hablar abiertamente. Esto se debe a que esos temas se han constituido como tabúes culturales o bien seguimos fingiendo que no pensamos muchas cosas, y que por el mero hecho de no hablarlas dejarán de existir.

Al igual que el monstruo que tengo en la habitación del fondo que convertí en trastero, lo que ignoras o encierras no desaparece, crece a tu espalda y un día saldrá para atraparme, porque el cerrojo por fuera que pusiste es endeble.

Pero ese es otro tema.

La cuestión para mí es que si no hay algo de escritura peligrosa en lo que haces, ¿qué sentido tiene?

La escritura peligrosa camina de forma natural por la frontera de las cosas y ahí es donde vive lo interesante. La escritura peligrosa también hace honor a su nombre y es resbaladiza cuando no eres realmente honesto, además de que, obviamente y como todo, quedarse a vivir allí satura. Te conviertes en aquel compañero de piso que tenía, guitarra siempre a cuestas, pose de atormentado que, con su cansinismo intenso (pocas cosas peores que la intensidad constante) al final simplemente alienaba con sus conversaciones fuera de tono y su ausencia de calibración social.

Eso no es arte peligroso, eso es ser imbécil y confundir que nadie te entienda con que nadie te soporte, precisamente porque te entienden, ven tras la máscara y el mejor sitio del mundo es lejos de ti.

Del mismo modo, la literatura peligrosa no es ese remedo de «literatura bestia» donde cuentas una situación extrema tras otra, persiguiendo un escándalo irrelevante. Ese es precisamente el peor enemigo, porque si todo es extremo nada es extremo y, al final, escribes una caricatura que no se puede tomar en serio.

Dejando de lado a imitadores y aspirantes a poetuitero, los temas más interesantes viven en los claroscuros y muchos escritores somos pobres como ratas, así que no podemos pagarnos terapia, pero sí teclear antes de las seis de la mañana.

En mi experiencia, algunos de los mejores pedazos del arte se encuentran justo detrás del miedo. Así que has de atravesar ese páramo que siempre has temido para llegar hasta allí y, con suerte, regresar con uno de esos pedazos valiosos, perseguido por la misma piedra rodante que Indiana Jones.

Qué fascinación cuando era niño y las historias eran así de sencillas y yo no sabía qué era la escritura peligrosa. Yo sólo quería contar cuentos fantásticos y subirme a una nave espacial, no imaginé que terminaría aquí y que los miedos no se acaban, así que aún queda escritura en la recámara.