Prácticamente todo escritor se enfrenta desde muy temprano a una cierta disyuntiva: Quiere que muchos le lean, pero también quiere hacerlo lo mejor posible en su arte, quiere escribir bien. ¿Y por qué eso es una disyuntiva cuando debería ser exactamente lo contrario y que una cosa contribuyera a la otra? Porque parece que hoy, «lo literario» no sirve para «triunfar». Es más, en ciertas ocasiones, es casi un impedimento. Si entendemos «triunfar», así con esas comillas, como que te lean muchos. Un escritor mira a las listas de ventas, a esos libros de los que todos hablan, y la mayoría de veces se encuentra con mensajes que le dicen que los best-sellers poco tienen que ver con la calidad. Es cierto que también ve nombres consagrados, con sus títulos más o menos anuales, en nómina desde hace mucho con una editorial y con un público fiel desde hace 30 años, pero ese parece un cielo complicado de asaltar. Y luego, por supuesto, está la anomalía que surge de vez en cuando. El libro que de pronto reúne calidad y lectores. Pero en la tendencia general, es eso, la anomalía. Por otro lado, hoy se espera del escritor que lo haga todo, especialmente vender, crear una audiencia, ser la cabeza visible del marketing y su principal impulsor. Esperan que se pase un par de años creando y rematando la obra, que espere al menos otro (u otro par) hasta verla en la estantería. Que coja su maleta, se pague sus viajes y vaya de presentación en presentación pasando la gorra. Las editoriales, para el 90% de publicados, se han quedado en imprenta y distribuidora (y esto último con suerte) y, de hecho, te abrirán antes la puerta si vas con una audiencia y un manuscrito de parvulario que si vas con un buen manuscrito y un caso de antisocialidad. No es pues de extrañar que el marasmo de consejos sobre escribir que encuentras por ahí convive en pecado con el marasmo de consejos sobre vender. No parece haber manera de separar una cosa de la otra ya (este artículo es prueba) y supongo que, aunque es legítimo y cada uno puede hacer lo que quiera, enseguida surge una cierta tendencia a poner el carro ante el caballo. Es decir, el marketing no es una extensión de la obra cuando esta termina, pensando cómo vas a vender lo que has hecho, sino que el ansia de venderla determina la obra antes de ser realizada. La condiciona en su germen y ya le marca unas guías de las que mejor no salirse (en teoría) si es que quieres que alguien te lea. No vas a vender nada que no se adscriba a un género porque la gente vive y se comunica con etiquetas. No vas a vender nada que no use cliffhangers o giros espectaculares, nada que tenga descripciones largas, nada que sea realmente «literario», porque hoy todo el mundo tiene algo muy claro: todas esas grandes novelas de siempre no pasarían el filtro actual editorial. Lo peor es que esa manera de pensar no está exenta de cierta razón. (Aunque no creo que esa razón importe o tenga valor). Uno ve las listas de ventas y observa cómo, cada dos por tres, si no es la vaca sagrada que sacó novela o la extraña anomalía, está dominada por pentagramas, el eterno triángulo amoroso de la romántica (ahora erótica), presentadores, youtubers, tramas calcadas de películas (ahora series) o imitaciones de las imitaciones que un día vendieron. De hecho, ya es casi imposible hasta distinguir las portadas. Igual que es imposible que eso no nos influya al menos un poco. Que, queramos o no, nos veamos bombardeados, de manera directa o subliminal, con el hecho de que si quieres vender has de ser comercial, engancharte a los raíles del cliché. Si no, ahí te quedas en las sombras con eso que no leerá nadie nunca, no importa que sea lo mejor que se haya escrito. No venderás relatos, no venderás novelas que no tengan una trama «atrapante», no venderás ni con una frase anidada, por Dios, que va a venir el reseñista con su rincón en blogspot a decir que la prosa es complicada, pero le acaba de soltar cinco estrellas a la fotocopia que alguien hizo de Dan Brown. No es que tenga nada especial contra esos libros, tienen su lugar y yo no me paso el día leyendo a Márquez y Joyce, tengo tantos placeres culpables como el que más, y he disfrutado y lo sigo haciendo de cosas nada «literarias». Esa eterna disyuntiva aparente entre vender y crear lo mejor posible se acentúa si uno se quiere refugiar en el pasado, cuando los libros eran buenos y la literatura respetada. La realidad es que lo que más se ha vendido siempre han sido esos argumentos folletinescos, cada uno adaptado a la época, pero lo cierto es que muchas novelas inmortales hoy fueron duramente criticadas en su tiempo y, en ocasiones, supusieron un fracaso en todos los sentidos hasta que se reivindicaron mucho después. El tiempo, ya lo he dicho en Escribir bien, es el mejor «lector cero» y, en general, el mejor lector a la hora de poner en su sitio las cosas. Hay libros que son como fuegos artificiales, una explosión hoy que se deshace al instante siguiente, y hay obras que perduran porque tocaron las cuerdas importantes, cuyas notas resuenan hoy y lo harán también en cincuenta años. No paran de reeditarse y leerse, a veces siglos después. Todo escritor aspira a destellar y perdurar, a ser la anomalía extraña de calidad que se lee, pero ve que, si ya es imposible dar en la diana con la escritura, dar en las dos es como intentarlo de espaldas, con venda en los ojos y una sola flecha. ¿Qué hacer entonces? Porque no podemos andar por dos caminos. En mi opinión (y no espero que se comparta porque obviamente no sé ni dónde voy) efectivamente no se pueden andar dos caminos. Hay que elegir uno y creo que es mejor elegir aquel sobre el que tienes control y que, internamente, da más recompensa. Haz lo mejor que puedas hacer, el mejor arte del que seas capaz, él te llenará a pesar de los rechazos, y ya veremos si alguna vez ese camino se cruza con el otro camino y te leen. Seguramente no sea así, pero es que seguramente el otro camino tampoco te va a llevar donde quieres, ese es el gran engaño, que seguirlo no es garantía de vender y encima no habrás hecho la mejor escritura de la que eres capaz. Cada uno ha de decidir con qué estará más en paz cuando llegue el final de esos dos caminos y de todos los demás. ¿Es un acto de resistencia hacer el mejor arte que creas según tu criterio, sin importar si alguna vez lo lee alguien? Sí. No sé si eso lo hace más honorable, yo creo que no. Sé que lo hace más difícil, abandonar esa noción de éxito, ponerse tapones en los oídos al canto de sirenas de las ventas y por si acaso, atarse también al mástil de la buena escritura. Al fin y al cabo, de verdad que esos cantos tampoco llevan a lugares mejores.