A menudo, la autoayuda se alimenta de perogrulladas, frases obvias o, peor que eso, frases que suenan obvias y no son ciertas. Una de ellas es un axioma repetido a menudo: «Tienes el mismo tiempo que Bill Gates o Beyoncé», como muestra de que a todos, ricos y pobres, se nos dan 24 horas cada día que amanece y que de nosotros depende darles un uso adecuado o no.

En el fondo, esta frase encierra una crítica sibilina, pero devastadora. Que si no eres Bill Gates o Beyoncé es porque no te esfuerzas suficiente. En nuestro caso, respecto al éxito en la escritura, etc, porque al fin y al cabo tenemos las mismas horas que la pareja que ha ganado los Nobeles de Literatura hace unos días.

Sin embargo, no hay nada más falso que esta frase.

Si de verdad crees que tienes las mismas horas que Gates, Beyoncé, la Reina de Inglaterra o Elon Musk, no hace falta que escribas cuentos, porque ya te han convencido de vivir en uno.

Recuerdo un día de estómago revuelto en el que pensar en comida me daba nauseas y, por tanto, ayuné durante todo ese día. De hecho, no hice mucho más, excepto languidecer en el sofá con el portátil cerca. Como era fin de semana, no trabajé, no comí, no bajé a comprar, no limpié un poco la casa, no hice ni la cama ese día… Y de pronto, descubrí la enorme cantidad de tiempo que tenía. Me ponía con el ordenador a escribir y, cada vez que hacía una pausa, pensaba: «Madre mía, qué temprano es todavía».

Había encontrado la técnica de productividad definitiva que te va a permitir escribir y trabajar el triple: no comas nunca más. Hasta que te mueras de hambre, vas a tener todo el tiempo del mundo y, es más, incluso ahorrarás. Todo ventajas y una infinidad de horas para crear historias que nadie leerá.

Pues bien, esa es la vida de Beyoncé y Gates. Y no me refiero a que no coman, me refiero a que no me imagino a la cantante limpiando su enorme casa, yendo al Mercadona porque se ha vuelto a acabar el papel higiénico, haciéndose la comida y luego fregando los platos a mano. No me la imagino cogiendo el metro cada mañana, fichando ocho horas, mirando un Excel en la pantalla, languideciendo en la máquina de café y llegando a casa (otro par de metros a la vuelta) con el alma absorbida por su jefe.

Multiplica la dificultad del día por 2 o 3 en caso de tener hijos.

¿De verdad alguien con dos dedos de frente piensa que sus 24 horas se parecen a las de aquellos con cierto éxito? Porque no se parecen en nada y no son comparables.

El tiempo y la escritura siempre han tenido una relación peliaguda, pero es que, en realidad, escribir no es una cuestión de tiempo sino, como no me canso de repetir, una cuestión de energía.

Y en esas 24 horas no tienes la misma energía que el ejemplo de triunfador que se pone para decir que posees el mismo tiempo. Aparte de que la mayoría de ellos ya desconoce qué es hacer una tarea cotidiana, tienen enormes estructuras, monetarias y de personas, que les ayudan a completar sus objetivos y realizar todas las tareas necesarias, como nutrirse. Así que Beyoncé o Gates no alcanzan más objetivos que tú en 24 horas porque tengan una concentración o dedicación especial (que no digo que tengan una lo bastante grande) sino por la estructura que les rodea, les sustenta y les impulsa.

Muchas veces, no tener tiempo para algo significa, en realidad, no tener dinero o recursos suficientes para poder dedicarse a ello.

Que no digo que los triunfadores no hayan llegado ahí con su esfuerzo, ojo, que cuando eran desconocidos trabajaban a destajo (Gates era famoso por dormir en el despacho y seguir picando código nada más despertar al día siguiente, tras dormirse agotado tecleando), pero la falacia de que tienes el mismo tiempo que X famoso y, por tanto, si no consigues tanto como él es porque no te dedicas lo suficiente, es una solemne tontería que hace mucho más mal que bien. Como la mayoría de las frases que ves escritas en tazas.

Conviene recordarlo, porque si la relación entre tiempo y escritura ya es de por sí complicada, cuando frases como esta tienden a embarrar nuestra percepción de las cosas, dicha relación empeora aún más y nos sentimos más fracasados de lo necesario.

No necesitamos que nadie nos ayude a eso si nos dedicamos a la escritura.