La escritura es una fortaleza y, cuando es bastante buena, nada puede asaltar sus muros, porque si los miras son tan altos que no puedes ver dónde terminan y se pierden entre las nubes. Escribes y, si le dedicas suficiente tiempo y atención, te sumerges sin remedio entre las palabras. Cuando sales de ellas, todo sigue igual ahí fuera porque la magia no es tan poderosa, pero durante ese momento en el que el agua te rodea, el ruido se amortigua y viajas a un mundo distinto. Eres libre sin importar confinamientos de ninguna clase. En la escritura y lo que construye, las reglas son otras y dentro no hay límites. Pero sobre todo, ha habido algo de calma, una piedra preciosa que mirar al trasluz. Hay un libro famoso de la literatura catalana que es de obligada lectura en muchos colegios e institutos de por aquí, especialmente en la asignatura de valenciano. Se trata de El mecanoscrit del segón origen de Manuel de Pedrolo. En esa historia, unos extraterrestres acaban con casi toda la vida sobre el planeta. La protagonista se salva porque, en el momento en el que se despliega la oleada de muerte, ella está buceando bajo el agua para rescatar a un niño al que otros han tirado. Y el agua la protege y al emerger con Dídac en brazos, todo ha cambiado excepto ellos, que ya lo harán a lo largo de las páginas. La escritura en estos tiempos es ese agua. Para mí, al menos, siempre ha sido un lago con la facultad de apagar el ruido ahí fuera, de calmar las sensaciones, de que todo vuelva a ser como antes o, mejor todavía, ser como quieras al menos durante unos instantes. En días en los que es difícil concentrarse, realizar ese primer esfuerzo de teclear, aunque no sepas adónde vas (especialmente no sabiendo adónde vas) es un privilegio. Teclear hasta que la escritura sea capaz de tomar el control y acercarse al preciado estado de flujo da un respiro que lo detiene todo. No resuelve nada ni falta que hace, pero es un techo en la lluvia. Yo me conformaría con poder ser eso a veces. En mi caso, no es la primera vez que, aunque todo se caiga a pedazos alrededor, dentro de los párrafos adecuados existe el silencio y hay una ventana que da al este y puedes abrirla para respirar un poco y apoyarte en el alféizar. Sentado en el muelle de la bahía, viendo marchar al tiempo. Las imágenes que conjura esa canción se parecen al momento que puede crear el tac tac de una historia. Por unos instantes, no hay otra cosa más que un escudo de palabras y tú. La música de fondo se vuelve lejana, el ruido ahí fuera se vuelve nada, te olvidas y entiendes que ser capaz de esto es un superpoder, algo reservado a los que dicen ser felices. Hace poco, alguien me preguntó si estaba solo durante el confinamiento y la respuesta es que no, que nunca lo estaré mientras pueda poner una palabra detrás de otra hasta acercarme al río como Alba, la protagonista del Mecanoscrit, y ser capaz de sumergirme en el agua de la escritura para salvar algo, igual que ella.