La gesta imposible de concentrarse en algo

09-03-2022

Cada vez es más difícil concentrarse. Hablo de escribir, pero, como siempre, hablo de mucho más, de todo y de nada en concreto. Así que es imposible concentrarse en general y por muchos motivos.

Vivimos en un entorno hostil que nos impide tener la atención fijada más de un minuto.

La culpa, como siempre, es de la economía que estudié hace tanto. Porque ahora vivimos en lo que se llama «la economía de la atención», lo que significa que es lo más valioso, en parte, porque cada vez es más escaso.

Para vendernos algo, lo que sea, el primer paso inevitable es llamar nuestra atención y capturarla.

Hay dos maneras de explotar eso, tocando dos talones de Aquiles.

  • La imposibilidad de que nuestro cerebro desconecte y, por tanto, siempre tenga que estar con algo.
  • El sesgo hacia lo negativo que siempre hay en nuestra atención.

Lo primero es claro. Me da igual lo que quieran vender un buen puñado de cantamañanas. No puedes apagar tu mente y no pensar en nada, no al menos sin ser un monje budista con la dedicación de toda una vida (y, aun así, lo dudo).

Nuestra mente tiene que estar siempre con algo, pero claro, no resulta igual de estimulante una serie o un videojuego repleto de color, movimiento y explosiones, que un libro o una página en blanco que rellenar.

Lo segundo también es claro y se explota más que nunca. Si yo te doy una buena noticia, te puedes relajar al instante y preocuparte de otra cosa. La atención se desengancha enseguida de lo positivo, pero se aferra a lo negativo porque está programada así, ya que es lo que nos ha permitido sobrevivir y es pura evolución. Así que el mundo es terrible, a veces en general y siempre en algunos rincones, pero ahora nos lo recuerdan cada segundo. No hay manera de descansar, no hay manera de centrarse con todo este ruido, la solución es estar pegados al más mínimo detalle de lo que ocurre y comprar algo que nos otorgue una falsa sensación de control.

Pero, en realidad, eso lo empeora todo.

No tengo la solución, no creo que la haya en realidad y no soy quién para hablar. Mi temperamento obsesivo hace que cualquier lección sobre este tema parezca hipocresía. Sin embargo, y por si a alguien le funciona (a mí, sólo unas pocas veces) esto es de lo poco que he aprendido.

  • Reprimir no sirve de nada. Tratar de alejarnos completamente de las noticias, cuando están ocurriendo eventos terribles, sólo sirve para incrementar la angustia.
  • Personalmente, me funciona mejor abrazar la obsesión cuando empieza y correr con ella, darle salida y que haga lo que quiera, al menos un tiempo. Con suerte te cansas y con más suerte se cansa ella, al menos un poco.
  • Una vez ha pasado lo peor de esa obsesión inicial y llegados al punto de saturación, lo que hago es preocuparme solamente en un momento determinado del día. A cierta hora, leo y echo un vistazo a redes sociales, centrándome en maldecir dictadores, guerras, pandemias, inflaciones y escasez.
  • Si no puedo concentrarme en escribir, bajo ningún concepto, entonces uno las dos cosas y escribo sobre lo que me preocupa u obsesiona. Puede ser vomitar todo, puede ser componer una ficción sobre el tema. Una de las pocas cosas que he aprendido es que la escritura es un exorcismo poderoso, que las obsesiones pueden quedar atrapadas entre los trazos, pequeños barrotes de cárcel.
  • Y finalmente, cuando puedo, me coloco en contextos en los que me es imposible vender barata mi atención aunque quiera. El contexto es lo más importante y lo que más influye, ya lo dije en Escribir mejor. Así que salgo a pasear sin el móvil, lo dejo lejos cuando estoy haciendo algo, trabajo con un ordenador fijo que no pueda llevar a todas partes, voy al cine mínimo una vez por semana, de modo que no pueda hacer otra cosa que atender a una historia durante un par de horas…

No sé, no soy ejemplo de nada, más bien al contrario. Pero a veces algo de esto me sirve y no quería dejar de decirlo.