Siempre hablo de expectativas, de que es importante que vuelen, pero no demasiado alto porque mira lo que ocurrió con Ícaro. También porque los que fantasean mucho hacen poco. Eso me lo decía un viejo profesor hace mucho y resulta que tenía razón, que se ha demostrado que es así.

Las expectativas respecto a la escritura, lo que cuesta hacerlo bien, lo que cuesta conseguir que te publiquen o lo que cuesta «triunfar» (así, con todas las comillas del mundo) están siempre muy distorsionadas.

Y da igual las veces que nos repitamos que lo están y que es improbable que seamos uno de los elegidos que vive de ello. Es imposible no soñar demasiado alto porque, al fin y al cabo, escribes.

Por eso, en vez de contar una historia, hoy voy a dejar que la cuenten. Va a ser Rodolfo Martínez, un excelente escritor. Quizá algunos lo conozcan.

Hace unos días, escribió un hilo en Twitter que empezaba así y debería ser lectura obligada.

En serio, leed el hilo, retuiteadlo si os gusta, si os veis en él o si no. Creo que es un mensaje importante y, para los que no tengan Twitter (hacéis bien), he aquí lo que dice Rodolfo en ese hilo.

Veo estos días en el TL de algunos de mis contactos que escriben un cierto cansancio, una sensación de que el esfuerzo creativo empleado no se corresponde con los resultados de público, una cierta idea de que quizá esto de escribir en el fondo no compensa.

No sé lo útil que será esto (no tengo respuesta a esa pregunta, o de tenerla esta es —con ciertos matices— negativa), pero por si a alguien le sirve, voy a detallar un poco mi experiencia.

Empecé a escribir en 1977-78 y me tiré los siguientes diez años escribiendo como un poseso y sin intentar publicar.

Publiqué mis primeros relatos en fanzines a finales de los 80. El subidón fue intenso: no había llegado, pero por fin estaba en el camino correcto.

Publiqué mi primera novela en 1995, convencido de que todo iba a cambiar. Era el primer español que escribía una novela ciberpunk. Por fuerza eso iba a ser un hito.

Además, aquel año gané el Premio Asturias de Novela con una novela de Sherlock Holmes.

Un escritor del todo desconocido se lleva el 1M pesetas (6K €) que otorgaba la Fundación Dolores Medio al ganador.

En 1996 publiqué otra novela, ahora con ediciones B.

Y no cambió nada.

Mi carrera no despegó espectacularmente. De hecho, ni siquiera despegó. Seguí siendo un escritor desconocido y carente de relevancia, excepto para los cuatro friquis del fandomcito de la época.

(Donde, por otro lado, y según donde mirásemos, no se me consideraba gran cosa. Para cierto sector del fandom, asentado en la capital del Reino, todo escritor que no fuese de su entorno ni fuera una de las vacas sagradas del género era una medianía de 2ª fila.)

Seguí escribiendo. Me dije que era una carrera de fondo. Que poco a poco las cosas irían mejorando.

Cambia el siglo. Y las cosas parecen mejorar. Gano el Premio Minotauro, reedito mi novela de Holmes, publico nueva novela con Gigamesh. El 2005 va a ser mi año, sin duda.

No lo fue.

Todo aquello no sirvió para nada. Pasados unos meses estaba de nuevo en la línea de salida.

Seguí escribiendo, pero fue quizá la primera vez que pensé en dejarlo. Escribir me consumía una cantidad enorme de tiempo. ¿Y para qué?

No lo dejé. No porque hubiese llegado a alguna conclusión racional. Fue pura cuestión de cabezonería.

Hasta el final de la década, después de numerosos momentos de desánimo y dudas, afronté la situación con toda la frialdad que pude.

¿Iba a conseguir más de lo que había conseguido hasta ahora? Siendo generosos me leían de forma habitual unas 500-700 personas y de forma puntual, tal vez 1000-2000, siendo muy generosos.

La respuesta fue que no. Nunca superaría ese techo.

Ya fuese por mala suerte, por falta de talento, por decisiones erróneas (como dedicarme a un género no demasiado apreciado por el público) o por una mezcla de todo ello, nunca pasaría de eso.

¿Merecía pese a todo la pena?

Como he dicho, la respuesta a esa pregunta es negativa.

Lo cual no es cierto. Bueno, sí, pero es matizable.

Desde un punto de vista práctico no merece la pena. Para nada. Las posibilidades estarán siempre en tu contra y hará falta una concatenación de circunstancias cada vez más improbables para que algo cambie.

Claro que… ¿quién decide convertirse en escritor porque es una persona práctica? No es una decisión racional en ningún sentido.

Así que ¿merece la pena en un aspecto estrictamente personal?

Sí, sin la menor duda.

Necesito contar historias. Necesito contárselas a alguien. Y si ese alguien es una sola persona, bienvenida sea.

Soy un yonqui. Escribir es mi droga. Es la cosa más condenadamente placentera del mundo (sí, más que el sexo; en el fondo, sí) y no lo cambiaría por nada.

Cada vez que creo un nuevo universo, unos personajes, una historia y empiezo a descubrirla a medida que la voy contando, soy el puñetero rey del mundo. No hay otra sensación que se le pueda comparar a eso.

Así que aquí sigo.

Básicamente porque no sé dejarlo, seamos sinceros.

Y esa ha sido (muy resumida y simplificada, es cierto) mi experiencia.

Si alguien la encuentra útil, estupendo. Si os parece un lamento de abuelete, pues estupendo también.

En cualquier caso, gracias por haber leído hasta aquí.

En esta carrera de expectativas desbocadas, creo que son importantes las dosis de realidad.

No para desincentivar a nadie de nada, al contrario. Para que sepan bien qué hay más adelante, donde la niebla no deja ver. Conocer la experiencia de otros que se adentraron en ella hace que, al menos, la posible decepción no sea también inesperada.

Que no se te quede esa cara de tonto porque no entiendes qué pasa y por qué el mundo no reconoce tu genio.