La semana pasada, por una mezcla de motivos personales y tecnológicos (principalmente, que no tenía ordenador y me encontraba lejos) no publiqué el contenido habitual de todos los miércoles en esta web.

Eso sí, lo escribí en un cuaderno que caminó conmigo esos días, pero nada más.

Si algo he aprendido de la semana pasada es que el mundo siguió su camino y que no publicar no importó demasiado. No cayeron imperios, no recibí mensajes, amaneció igual que siempre y anocheció de manera distinta, pero porque llovieron estrellas y bajo ellas yo era muy pequeño. Del mismo modo, me había propuesto escribir otras cosas la semana pasada, pero tampoco lo hice y también dio igual.

Los escritores nos damos demasiada importancia.

En realidad, yo no me doy ninguna y aún así creo que es demasiada.

Muchos suelen decir a los cuatro vientos que se tienen que poner con su novela de una vez, como si el mundo estuviera ansioso por ella, como si fuera necesaria para que siguiera girando en la dirección correcta. El miércoles pasado pude ver que lo hizo sin problema, que la noche lo celebró con luces en el cielo y yo había olvidado lo mucho que me gustaba mirarlo cuando era niño. Otros retransmiten en directo el avance de su historia, o dramas mentales poco interesantes de su proceso de escritura, y algunos parecen emplear para eso más palabras en las redes sociales que en el libro.

Pero me temo que, si no eres George R.R. Martin o J.K. Rowling, en realidad pocos esperan y, si hay comentarios, son ánimos educados pero exentos de pasión. Como cuando pones esos emoticonos sonrientes a un amigo mientras haces de todo, menos reír.

Curiosamente, no veo a Martin decir en Twitter nada parecido (he oído que Rowling se dedica a comentar otras cosas) y así suele pasar con casi todos los que leo, que o no están en las redes sociales (la decisión sabia) o no hablan mucho de lo que están haciendo, especialmente no lo hacen como si fuera lo más importante del mundo.

Otra cosa que volví a aprender el miércoles pasado es algo que, en realidad, ya sabía desde hace tiempo. Pensaba ahorrarme este escrito de hoy y transcribir lo de ese cuaderno, pero la verdad es que no todo tiene que ser publicado. De hecho, lo sensato es lo contrario: muy poco debería ser publicado o visto por otros ojos. Así que lo de la semana pasada se quedará en el cuaderno y de nuevo no pasa nada.

Siendo como soy, la libreta se olvidará primero entre las estanterías y se perderá después junto con lo que ponía. De hecho, he extraviado un buen número de cuadernos y allí había palabras mejores que las que atrapé el miércoles pasado, también perdidas sin remedio.

Y de verdad que no pasa nada.

La escritura es un arte importante y el lenguaje es poderoso. Los escritores, sin embargo, no somos nada de eso, pero parece que en demasiadas ocasiones lo creemos y ansiamos que nos conozcan más que a nuestras historias, cuando en realidad todo es Ozymandias una y otra vez.

Eso, y que es mejor callarse, escribir, que casi todo lo encerremos en un armario al terminar y tiremos la llave.