Soy el primer culpable de asignar demasiada importancia a la escritura. Que la tiene, es cierto. De hecho, no hay nada más poderoso que la narrativa y nadie más peligroso que alguien que domine esa narrativa y no tenga escrúpulos o ética, lo estamos viendo ahora más que nunca. Pero se suele dar un problema común y es el hecho de que el escritor absorbe esa importancia que no le pertenece y la hace suya cuando no lo es. Equivocarnos en que lo importante somos nosotros y no ella.

Porque si hay algo que sobra es autoimportancia en escritores con ínfulas. Pero tranquilos, esta no es la enésima diatriba, esto va a tener una aplicación práctica para que, una vez más, la escritura fluya en lugar de quedarse dentro.

Hace poco leía sobre cómo el filósofo Slavoj Žižek supera su incapacidad de escribir en esos días en los que, aunque el bloqueo de escritor no exista, te golpea con fuerza y te sujeta las manos.

Dice así:

Tengo un ritual muy complicado para escribir. Me resulta psicológicamente imposible sentarme y hacerlo, así que tengo que engañarme a mí mismo. Elaboro una estrategia muy sencilla que, al menos conmigo, funciona: Apunto ideas. Y las apunto, por lo general, de forma relativamente elaborada, como una línea de pensamiento ya escrita en frases completas, y así sucesivamente. De ese modo, sigo hasta que, en cierto punto, me digo a mí mismo: «No, todavía no estoy escribiendo, sólo estoy anotando ideas». Luego, en un momento dado, me digo a mí mismo: «Todo está ya ahí, ahora sólo tengo que editarlo». Así que esa es la idea, dividirlo en dos. Escribo notas y luego las edito. La escritura desaparece.

Como vemos, se trata de borrar la escritura de la ecuación. Un truco que no es más que otra estructura narrativa construida alrededor del concepto de hacer un primer borrador de mierda. Tan mierda que no es ni borrador, son sólo notas, notas expresadas con frases completas en vez de pinceladas, pero notas, no escritura.

Lo que hacen todas estas técnicas para que fluyan las palabras es, en realidad, quitarle esa importancia a la escritura que le hemos asignado, quitarle su poder. De esa manera, no nos impone, no nos pesa con tanta gravedad como hemos volcado sobre el acto de escribir, de modo que pierde su poder de intimidar y somos libres de hacer cualquier cosa. Si algo no es para tanto, si fallar, acertar o hacerlo de una manera u otra no importa, el mecanismo de bloqueo no tiene sentido. Qué más da hacerlo bien o mal.

Es más, si quitas suficiente importancia, es imposible hacerlo mal, porque no hay una manera buena de escribir, igual que no hay una mala (he dicho manera, no escritura, mala escritura tengo de sobra aquí mismo). Sólo existe escribir y sólo existe terminar. Todo lo demás, especialmente los juicios de valor, no tienen sentido. El filósofo toma notas, nadie juzga ese acto de volcar pensamientos como sea, ni siquiera nosotros mismos, los esritores con ínfulas, porque en realidad no importa.

Nosotros tampoco importamos. Y eso no es terrible como parece, en realidad es liberador, igual que con la escritura.

Just a matter of time

Comic: Pictures of sad children