Más de dos veces me han preguntado que dónde encuentro la inspiración para escribir cada semana religiosamente (a veces cada día durante meses sólo porque sí, como en las Navidades de hace un par de años).

Hace mucho ya dejé clara mi opinión de que, en la escritura, la inspiración no existe tal y como muchos la entienden, pero vamos a hacer como que sí y adoptar este término hoy por pura comodidad.

Muchas madrugadas esa inspiración surge de la necesidad pura y dura. Me pongo una pistola en la cabeza y más vale que junte unas cuantas palabras antes de que amanezca, para cumplir con este compromiso semanal que espero poder romper algún día.

Es saltar y aprender a volar antes de llegar al suelo. Y lo hago demasiado, especialmente al escribir, así que supongo que por eso me va como me va.

Esta es una explicación poco extensible o práctica para transmitir cómo me inspiro, pero tampoco es cuestión de examinar el origen de las ideas y la escritura, porque daría para un ensayo extenso. Lo que sí me gustaría comentar hoy es algo importante (y en cierto modo práctico), que pueda servir de ayuda.

En buena parte, la inspiración para las buenas historias viene de la acción, porque nada mejor para contarlas que haberlas vivido de manera presencial, orgánica y cercana.

De hecho, el problema de algunas historias o enfoques es que se ve enseguida que son de segunda y tercera mano, perdiendo gran parte de su poder.

Ahora nos movemos menos y mucho de lo que nos inspira viene de pantallas y ocurrencias ajenas y alejadas de nuestra vivencia. Creo que somos seres cada vez más pasivos que asistimos a representaciones de experiencias que han hecho otros, y que luego tratamos de regurgitar y hacer propias, pero son como el que cree que sabe hacer algo porque lo vio hacer una vez en la tele.

Y se nota.

No digo que el pasado fuera mejor, pero por necesidad era más incómodo y, si querías algo, era imprescindible más acción, lo que daba lugar a más experiencias, a buscar en el origen lo que querías encontrar y contar.

Antes, si querías ver a alguien o conocer algo, tenías que ir hasta allí, o al menos investigar de una manera más orgánica, moverte a la biblioteca como mínimo, preguntar a otros, hablar… Hoy Internet es una maravilla con la que tengo entre los dedos la enciclopedia que siempre quise de pequeño, pero también hace que me mueva menos hacia lo que quiero, que me cueste menos, que viva menos y mire más por una ventana hecha de ceros y unos.

La experiencia orgánica se nota al plasmarla en la escritura, porque la has vivido de una manera cercana, activa, no sentado ante una pantalla como una ameba sin estimular la imaginación, ya que también eso te lo dan mascado, mostrando todos los detalles en 8K de modo que no sea necesario que te esfuerces.

Al menos esa es mi experiencia. Lo mejor que escribo, las historias que más resuenan, nacen de esa vivencia y acción. Y si producen ese eco en otros no son porque sean particularmente extraordinarias, sino porque resultan veraces y se transmiten con esa cualidad orgánica difícil de reproducir si no has vivido lo que cuentas. O bien no has experimentado las emociones que hay detrás y que luego puedes expresar de mil formas construyendo con ellas todo tipo de historias.

Y que siempre tenemos hambre de realidad, especialmente ahora, donde la pantalla es un condón de cristal para casi todo lo que vivimos o hacemos, desde el sexo hasta el odio.

Pero resulta que hay vida ahí fuera, un puñado de historias deseando ser encontradas y contadas por quien se atreve a ser actor en vez de espectador.