La libertad de dar asco

23-03-2022

En breve, cuando los dioses de Amazon lo tengan a bien, estará disponible el libro sobre cómo vivir de escribir siendo redactor freelance. Mientras tanto, desentierro otras viejas páginas, en este caso de ese cierre de trilogía de ensayos que iba a ser Escribir mal y que, muy probablemente, nunca salga del cajón.

Tratamos de huir de escribir mal, pero, en realidad, deberíamos dejar de correr y confrontarlo. Porque escribir mal tiene muchas virtudes, aunque no lo parezca.

Una de ellas es la libertad que concede. Concretamente, la libertad de dar asco.

Dar asco cuando te dedicas a contar historias no es opcional, escribir mal no es opcional, es necesario e inevitable. Es el camino por el que pasan todos los autores y, si no nos concedemos esa libertad de dar asco y, en cierto modo, la disfrutamos, entonces es imposible escribir bien.

Karen Rinaldi firmó un artículo para The New York Times que se hizo viral y que se titulaba Es genial ser malo en algo, en referencia a ser un inútil, no a ser un malvado.

El artículo se convirtió luego en un libro que, como suele pasar, estira demasiado la idea central, pero, al menos, esa idea central es buena.

Rinaldi habla de su relación con el aprendizaje del surf y admite de buen grado que sigue siendo una pésima surfista a día de hoy. Tardó cinco años en coger una ola bien por primera vez, pero:

«En el proceso de intentar alcanzar algunos momentos de felicidad», explica, «experimento algo más: paciencia y humildad, sin duda, pero también libertad. Libertad para perseguir lo inútil. Y la libertad de poder fallar y ser mala en esto sin preocuparme. Eso es muy revelador».

Escribir mal, como surfear mal o hacer mal cualquier otra cosa, es inevitable. Pero sin esa presión de hacerlo bien te puedes permitir experimentar, caerte, reírte de la caída y, en general, aprender y hacer lo que te dé la gana, darte permiso para ser malo adrede o sin querer, porque no pasa nada si aciertas o fallas.

Quedan cada vez menos espacios de libertad y el arte siempre debería ser uno de ellos, pero hoy todo lo supeditamos a un objetivo que no nos deja disfrutar de ser malos en algo. Lo supeditamos a ganar dinero, a no perderlo al menos, al éxito, a la adulación de los demás, a que no lo consideremos un tiempo perdido.

Nos olvidamos de todo lo bueno que tiene la etapa interminable de escribir mal.

Si hay una verdad, es la de que, independientemente de lo buenos que seamos, vamos a escribir mal una y otra vez. Nos vamos a caer todo el rato de la tabla de surf, vamos a tragar agua y, en ese proceso, podemos darnos cuenta de lo afortunados que somos de disfrutar del sol y las olas, de hacer las cosas sin un fin práctico y sin una presión. De surfear y escribir por surfear y escribir. De hacer las cosas igual que aquellos críos que éramos y que experimentaban y exploraban, sin otro objetivo que satisfacer la curiosidad y el sentido de la maravilla.

Uno de los inconvenientes de ser un escritor profesional es que te puedes permitir poco eso de fallar. Que tienes que cumplir unos objetivos, que el gozo de escribir por escribir (y experimentar y mancharte de barro y fallar) se pierde por el camino.

Dedicarse a estas cosas arruina un poco la libertad de ser malo y divertirte y ser capaz de reír. De reírte de ti mismo.

Cuando miras escribir mal como lo que realmente es, una parte del camino necesaria que nunca se irá, en la que puedes encontrar esos momentos de gozo, risa y libertad, te das cuenta de que, en realidad, muchos enemigos dejan de serlo cuando los conoces.