La profecía era clara, Aquiles moriría en las llanuras de Troya si decidía ir a la guerra. La alternativa era una vida larga, feliz y tranquila en Ftía, junto a su familia y su amado Patroclo.

Una vida larga, feliz, tranquila y exenta de gloria.

Lo que ocurrió es conocido por todos y, aunque Aquiles era hijo de un mortal y una ninfa, su decisión fue muy humana, eligió ser especial antes que ser feliz, el pacto faustiano por excelencia.

Aquiles murió joven en Troya cumpliendo la profecía. Antes de eso, vio morir y lloró desesperado a su inseparable Patroclo. Y por supuesto, fue el guerrero más grande entre los aqueos y miles de años después, a miles de kilómetros, alguien en una tierra lejana está escribiendo su nombre y contando otra vez su historia.

Las historias que merecen contarse suelen tener la sangre y el sufrimiento de la de Aquiles. Esa decisión entre la felicidad y la gloria aparece delante de todos, con una variación sencilla en nuestro caso. Para nosotros no hay profecía y está bien, ese cliché se ha usado hasta inducir el vómito, así que la gloria nunca está asegurada, pero lo contrario prácticamente sí. Sacrificarás muchas cosas y, a pesar de eso, nadie escribirá tu nombre dentro de miles de años en una tierra lejana.

Sin embargo, esa pequeña probabilidad de ser especiales en lugar de felices nos atrae como esas luces azules que son la perdición de los insectos.

Por eso unos marchan a guerras de las que no vuelven y otros hacen apuestas imposibles. Y te dedicas a un arte como la escritura y ahí está otra vez la decisión: ¿Quieres ser feliz o quieres la gloria? Porque te dicen que para lo último has de sacrificar todavía más. Tu estilo para adaptarlo a lo que busca «el público», tus temas para encajarlos en lo que se supone que vende, tu dignidad para pasar la gorra y pedir limosna y compre mi libro, por favor.

Todos hemos estado ahí y todos estaremos de nuevo. Y de la gloria ni rastro, pero no pasa nada, seguirá siendo una promesa colgada de un hilo, que a su vez cuelga de un palo, como el de la zanahoria para que avance el burro.

No somos Aquiles, no nos espera la gloria ni enfrentarnos a héroes y dioses. Las decisiones son más pequeñas en nuestro caso, pero igual de importantes. Puedes escribir lo que quieras y construirte una pequeña felicidad hecha de palabras o puedes tratar de adaptarte a lo que se supone que pide ese otro ser mitológico llamado el «mercado», pasando por todos los aros que te pongan, hasta que no reconozcas lo que escribes y no te reconozcas tú.

En realidad, es una elección sencilla, porque de nuevo no somos Aquiles. No hay gloria al otro lado de la balanza pero, aún así, lo elegimos. La lotería es un juego imposible y a pesar de eso, nunca morirá, al contrario que el líder de los mirmidones.

Dado que la gloria es imposible, cosa de unos pocos tocados por las moiras, lo sensato es tratar de construirse un rincón en la escritura en el que ser feliz, porque haces lo que quieres de verdad y, si algo más ha de venir, será por añadidura. Pero claro, eso es mucho más fácil de decir que de hacer, es algo que todos aprendemos después de haber intentado pelear en Troya y comprobar que no éramos héroes ni Atenea nos escuchaba. Así que volvemos al jardín secreto y redescubrimos el placer de escribir por escribir, de contar lo que llevamos dentro y no lo que creemos leer en la mente de otros.

Eso es mucho más difícil que perseguir la gloria, porque es haber afrontado y aceptado nuestras limitaciones. La mayoría no nacimos de un rey y una ninfa, ni se nos cogió del talón para hundirnos en una corriente mágica que nos protegiera del mundo. La mayoría escribiremos para nosotros mismos y ya está, no pasa nada.

Somos personas que sueñan con la gloria porque eso es lo que nos han contado siempre las historias como la de hoy, pero con el tiempo te das cuenta de que pactar con el diablo es cosa de jóvenes y la gloria ¿para qué?

Ulises desciende al Hades y entre los muertos se topa con Aquiles. Admirado de reencontrarse con el más grande de los héroes, le dice que es ejemplo y todos le veneran, diciendo su nombre con reverencia.

La respuesta de Aquiles es amarga, es el arrepentimiento, porque preferiría ser esclavo vivo que rey de los muertos. Algunos dicen que ese pasaje de la Odisea es extraño y ese espectro no es el mismo Aquiles sediento de fama de la Ilíada, pero claro que era Aquiles y que, después de todo, era humano. Decidió ser especial en lugar de ser feliz, esa es una encrucijada que no está sólo reservada para los héroes. También se arrepintió de su decisión, pero mi sospecha secreta es que se hubiera arrepentido también de la alternativa.

Somos así. Somos personas.