Me sigue sorprendiendo, aunque ya no debería, cómo las cosas que me fascinan pasan desapercibidas para el resto, o simplemente las miran con extrañeza, sin la misma pasión que yo. Luego pasa lo mismo pero al revés, todos hablando de cosas que me parecen insípidas, leyendo libros que no tocaría con un palo, viendo programas que me causan vergüenza.

Lamentos de viejo y nada más.

La última sorpresa en este sentido, el hecho de que la historia de la semana pasada pasara sin pena ni gloria, cuando a mí me pareció una de las más importantes en esta web. No por mi narración, que sigo encontrando confusa y fracasada en lo que quiero transmitir, sino por el vídeo final de Ethan Hawke y su imprescindible discurso de nueve minutos sobre la creatividad. Debería ser obligatorio para cualquiera que quiera escribir una sola frase.

Por supuesto, otros contenidos que hay aquí y no me parecen gran cosa encuentran ese eco, incluso alguno que otro se volvió viral y de verdad que no me lo explico.

Supongo que he elegido la peor profesión, porque el problema es el control, mi ansia por obtenerlo sobre todo en todo momento. Mi ansia de que nada se salga de las líneas, de no soltar la brida del caballo. No aprendo que así no va a ningún lado. ¿Los bloqueos de escritor que en realidad no existen? No tienen nada que ver con la inspiración que tampoco existe, sino con la necesidad de control. ¿La frustración habitual en el escritor porque cree que no llega a ningún lado? Una cuestión de control, en la que su carrera debe parecerse a la imagen en su cabeza. ¿La agonía por el síndrome del impostor? No es cuestión de sabiduría o habilidad, es cuestión de necesidad de control una vez más, en este caso sobre las reacciones de los otros, como me pasa también cuando pienso que historias como la de la semana pasada deberían ser vistas por todos y no apasionaron a casi nadie.

Y así con todo, un hombre rígido naufragando en un arte que requiere que dejes ir toda ansia de control, porque los días de ocio en el Yann que tanto busco no están hechos de bajar los brazos y descansar, sino de hacerlo lo mejor que puedas y después que la corriente haga lo que hace, aprendiendo a tumbarte y descansar en la incomodidad y la incertidumbre.

El problema no son los demás, ni las musas, ni la habilidad, el problema es el control y lo cierto es que no aprendo. Como en una de esas relaciones de mierda, no termino de echarlo de casa y compartimos un aire enrarecido en el que me susurra cosas y yo aún las creo. Pienso que voy a controlar algo cuando en realidad no se puede.

Supongo que el éxito es abandonar toda esperanza cuando entras a la escritura y crear sabiendo que el caos no responde ante nadie, que es imposible predecir nada o controlar algo, especialmente las opiniones y la reacción de los demás.

Recuerdo a alguien, se llamaba Bartolomé, Tolo para los amigos. Bartolomé era mago, o se decía mago con más seguridad de la que yo uso para decirme escritor. No mago de los de chistera y trucos, sino de los de tradición antigua y túnica negra, según Bartolomé. Apenas hablé un par de veces con él, un tipo extraño, interesante en cierto modo, que vivía con dos brujas jóvenes en una poligamia con olor a incienso y viejos libros de Crowley.

Lo que se me quedó de todo lo que dijo en esas dos ocasiones fue que la magia era una cuestión de olvido. Que lo importante era no estar pendiente de si sucedía o no lo que habías hecho, porque esa ansia de resultado impedía que la magia funcionara. Tenías que hacer, dejar ir, quizá confiar, pero tampoco mucho, porque el caos es un bufón amante de la ironia.

Creo que en realidad hablaba de escritura y no de magia, aunque Bartolomé era de los pocos que no tenía una novela en el cajón. Supongo que la poligamia y los viejos dioses dejan poco tiempo para renglones.

Eso es lo que aprendí recuerdo de Bartolomé, del que no sé nada desde hace muchos años. Una vez, hace mucho ya también, pregunté a alguien qué había sido de él. La respuesta fue un lacónico «se perdió», sin aclarar qué quería decir con aquello ni yo preguntarlo. «Ya», dije sin más, sin querer saber porque hay que saber dejar ir, demostrarle a Tolo que al menos aprendí una cosa sobre la magia.