Hace no mucho leía un artículo en inglés titulado “Kindle Unlimited and the ongoing commoditization of books”. Casi nada. En él, básicamente, Amazon tenía la culpa de casi todos los males, concretamente en este caso de abaratar el libro con su “tarifa plana” de Kindle Unlimited. Tú pagas unos 10 euros, o el equivalente en tu país, y tienes libre acceso a los libros incluidos en ese catálogo. La cuestión es, está de moda echarle la culpa a Amazon por todo lo que pasa con los libros, pero Amazon sólo hace lo que hace cualquier empresa, busca formas de ganar más dinero y posicionarse en esta loca carrera por exprimir del libro el poco dinero que le quede dentro. Cuando Amazon se metió en el lío con la editorial Hachette, básicamente eran dos titanes intentando quedarse con el dinero, y azuzaban a sus peones a favor o en contra como en una partida de ajedrez. Algunos de ellos salieron a defender el derecho de que sus amos se quedaran con el pastel que a ellos ni siquiera les iban a dejar probar. Siempre ha sido así en la historia y en las guerras, que los de abajo se la hacen a los de arriba. Las editoriales se pelean contra Amazon, no porque sean guardianes de una cultura que Amazon intenta destruir, sino porque parte del dinero que recibían se trasvasa ahora al gigante de Jezz Bezos. Ni más ni menos, ni causas ni Quijotes, dinero y ya está. La cuestión es que esas tarifas planas son ahora la nueva moda, que si el Spotify de los libros y todo eso. Y que si el consumidor es el que sale ganando y demás. En España hay otros servicios similares: Nubico, 24 Symbols… La cuestión es que, como te enseñan en economía, en un mundo con recursos limitados, para que alguien gane, otros deben de perder. Esto, que parece injusto y todo eso, no es más que la manera que tienen las cosas de funcionar. A todo aquel que dejó de creer en los Reyes Magos y puede razonar más allá de lo que cuentan el Marketing y las noticias, esto no debe asombrarle. Los que están debajo de esa pirámide, los miles de escritores que producen, se llevan unos céntimos cada uno con algo de suerte. Los que están arriba quieren fomentar ese tipo de negocio porque se llevan unos pocos céntimos de todos esos miles y eso ya es más rentable, por eso tanta gente monta chiringuitos piramidales. Voy a soltar el topicazo de que la literatura ya no es lo que era y me voy a quedar tan ancho. Estas nuevas formas de consumirla ahondan el fenómeno de la mercantilización del libro, que se viene produciendo de unos años para acá. No implica necesariamente que los libros sean peores, sino que se perciben peor, en el sentido de menos valiosos. El libro nunca fue de masas y leer nunca fue mayoritario, ya he hablado aquí de que no hubo tiempos mejores en el pasado, sólo tiempos distintos. Lo que ocurre hoy día es que tanta oferta de libros los vuelve pura mercancía a los ojos de los consumidores, o como los ingleses dicen: commodities, conectando con el título del artículo con el que empezaba todo esto. Una commodity es un término que en economía y empresa se suele usar para esas mercancías intercambiables que importan poco al consumidor. Por ejemplo, si mi escobilla del retrete se rompe, bajaré y compraré otra que haga su función porque la necesito, pero poco más. Si tengo que elegir entre varias, probablemente elija la más barata, porque no es algo que me importe, no me implico. Es una mera mercancía, sin mucho valor. Por puro funcionamiento económico básico, esas tarifas planas contribuyen a devaluar el libro, como ya empezó a hacer el exceso de oferta, y a convertirlo, aún más, en pura mercancía, en una commodity indistinguible y barata para la mayoría de gente que no está muy metida en el mundo de los libros (los que lo están son un 0,001% del total que ves por la calle, cifra extraída tras hacer un análisis estadístico tan sesudo como el de la mayoría de periódicos y telediarios). Con 9,95 euros para un catálogo de miles de títulos, cada libro vale apenas céntimos o apenas nada. Cuando algo vale apenas céntimos se ha demostrado que no lo valoramos. Lo tenemos ahí, pero como el libro nos hubiera costado 300 euros (o sólo tuviéramos uno para leer, porque naufragamos en una isla desierta), nos aprenderíamos hasta el sitio en el que están las comas. Sin embargo valen céntimos y hay miles, están en el Kindle y en el Kindle se quedan sin leer la mayoría. Aquí entra en juego por un lado la tan humana “paradoja de la elección” (el hecho demostrado de que cuantas más opciones tenemos, menos somos capaces de elegir y menos actuamos) y porque pueden esperar y hay otras cosas más “importantes”; no porque un libro no sea importante, sino porque valoramos más esas otras cosas. De nuevo es pura economía predecible, donde los agentes implicados se lanzan en una carrera loca por abaratar para vender que, encima, no repercute en que la gente se lance en masa a la lectura. Esa es mi opinión y vale más o menos lo mismo que todas las opiniones (y con un valor similar al que los libros están adquiriendo). Es cierto que la literatura tiene que competir con más formas de ocio, que hay más libros que nunca, que está todo saturado y estas nuevas formas de oferta lo abaratan aún más, no sólo de precio real, sino en cuanto a percepción por parte de los lectores. Es lo que hay. Antes los libros tenían otros retos y ahora tienen estos, no son tiempos ni mejores ni peores, porque los del libro siempre fueron tiempos difíciles, es un nicho minoritario que ahora incurre en otro tipo de dificultades como que se está diluyendo, el libro ya no es un objeto de prestigio, está masificado y se valora cada vez menos. Un proceso que sólo tiene visos de acentuarse.