Hace ya tiempo (de todo lo hace cada vez que miro cuánto ha pasado desde que me topé con algo o lo guardé como interesante) leí un artículo sobre la muerte lenta de la «novela literaria».

En dicho artículo se expone cómo la cantidad de autores dedicados a ella malvive cada vez más (como si alguna vez hubieran nadado en alguna abundancia) y se recogen diversas opiniones sobre los posibles motivos de por qué los autores que no siguen un patrón o fórmulas claras de novela erótica, negra, fantástica o cualquier otro género definido, sufren más que el resto.

La cuestión con el artículo es que no me pareció gran cosa. Recoge primero el hecho y luego expone opiniones que, a mi parecer, no saben ni en qué dirección está la diana.

Sin embargo, lo interesante para mí es que dio lugar al comentario de un internauta en un foro que guardé. No sé quién será, pero me pareció que explicaba perfectamente ese mayor declive de los escritores que podrían englobarse dentro de la «novela literaria».

La tesis principal es que, en un contexto cada vez más online, esos libros no encajan dentro de un puñado de etiquetas y palabras clave.

He aquí una cita traducida de ese comentario:


La ficción de género es, por definición, un puñado de tropos sin subvertir, y es por eso que estamos viendo una explosión de contenido de género en Amazon. Esos libros se venden bien incluso si son basura reciclada.

¿Por qué? Porque la gente no puede escribir en la barra de búsqueda: «Novela maravillosa que empieza como una especie de retrato de la vida cotidiana pero entonces el autor hace esa cosa simbólica genial en la que la ciudad empieza a parecer un circo, pero no literalmente, porque en realidad es confuso ya que el protagonista se da cuenta lentamente de que tiene esquizofrenia […] y, oh, joder, en el tercer acto hay un giro donde se descubre que, realmente, está ingresado en un psiquiátrico».

Sin embargo, sí puedes poner: «erotismo y hombres lobo» y obtener cien versiones de esa novela basura que te gustaba en secreto durante el instituto.

Amazon es donde mucha gente compra libros hoy, y la ficción literaria es imposible de vender sin Oprah o Ellen recomendando el libro.


La cuestión ya no es sólo Amazon. Cada vez más, la búsqueda de un buen libro se vuelve más online y más instantánea en general, y un algoritmo puede procesar fácilmente etiquetas, pero, ay de los libros a los que no puedes ponérselas.

La editoriales ya se dieron cuenta hace mucho de que para vender han de reducir a conceptos reconocibles, que hasta las portadas tienen que ser similares.

De hecho, no es raro que en la propuesta editorial ya te pregunten en qué género se encuadra, cuál es el público objetivo al que va dirigida esa novela, a qué otras obras se parecen… y así con un reguero de interminables cuestiones estrambóticas patrocinadas por el departamento de Marketing, que tratan de encorsetar a un libro dentro de conceptos reconocibles y fáciles.

Así que las historias de la mayoría de novelas literarias, que no se componen de esos «tropos no subvertidos», sufren cada vez más para explicarse, porque es lo primero que se les pide.

Y ese es un problema si quieren ver la luz, porque hoy día, lo que no puedes explicar fácilmente en un instante no lo puedes vender.

Por eso, muchas editoriales no van a querer algo que no puedan definir con conceptos como: «50 sombras, pero a la española», que es como Planeta publicitaba, en seis palabras, la saga de Megan Maxwell aquella de Pídeme lo que quieras que una noche, secretamente y tras un puñado de malas decisiones, hojeé en casa de una chica mientras ella canturreaba en la habitación de al lado.

Tras el trombo por exclamaciones con una sola página que hablaba de «tableta de chocolate» como original metáfora de abdominales, dejé el libro exactamente como estaba y lloré en silencio por el tiempo y la cordura perdidos.

En fin, que me gustaría saber quién era aquella persona que hizo el comentario, porque para mí dio en el clavo.