Hace mucho tiempo, como siempre hace ya de todo, hablaba de la relación indisoluble entre la escritura y la soledad. Que la una sin la otra no pueden ser y que probablemente se alimenten y se cuiden. No es una buena noticia, tampoco tengo clara la dirección de la causalidad, si los que somos solitarios nos vemos atraídos irremediablemente por la escritura o que dedicarse a la escritura nos va sumiendo en la soledad precisa para crear.

Sin embargo, esta relación encierra una paradoja y una confesión.

Escribir es algo que se hace solo pero, a la vez, nunca es así. Esa es la paradoja. Estás con tus personajes o tu discurso, viviendo en otro mundo con las cosas que te importan. A veces odias el proceso y en los días buenos te salva, te protege del dolor (doy fe) y de eso llamado vida cotidiana.

La confesión es que, desde luego, no estoy en la escritura por anhelo de éxito o modo de vida. Que repito mucho que soy un solitario y es verdad, pero no quiero estar solo. Por eso quiero creer que, mientras tenga a la escritura, no lo estaré del todo. Escribo cada día porque, aunque publicar o concursar sea algo borroso, no quiero perder la práctica que lleva al estado de flujo, que a su vez lleva a escapar de lo que preocupa o entristece.

Si he perfeccionado el arte este tiempo (francamente, lo dudo) es para poder encontrar la puerta por la que escabullirme cuando desee.

En ocasiones, paseo por mi pueblo y veo cada vez más casas abandonadas. En ellas, alguna que otra cambra a la que le da el sol, con una ventana estrecha y la pared descascarillada. Y fantaseo con que, ya mayor, a lo mejor puedo retirarme a una de esas buhardillas viejas, hacer un poco más grande la ventana y rodearme de los mil artilugios de escritura que habré coleccionado. Y me levantaré antes que el sol como siempre para que me sorprenda allí, entre olor a madera y el tac tac ruidoso de los cacharros.

En esa fantasía, otra más, pase lo que pase estaré viejo, pero al amanecer nunca estaré solo. No sé quién habrá a mi alrededor o no, lo que ocurrirá o no, pero si me quedan algunos días de suerte, esas mañanas encontraré la puerta y me seguirá gustando la sensación en los dedos cuando corren por el teclado.