He cometido un error estas semanas. He cometido muchos en realidad y me preparo para que mañana sean más, pero este tiene que ver con el tecleo que no cesa. Durante años, las primeras horas del día han sido siempre para la escritura. Que lo mejor, o al menos lo que estaba limpio de los dedos de los demás, fuera para ella. Últimamente, por culpa del mismo puñado de cosas de siempre, la he puesto al final de todo. Las primeras horas han sido para otros compromisos, casi siempre relacionados con aspiraciones tan prosaicas como comer, ya ves tú. Y he caído en una trampa vergonzosa, de lo tópica que es. Me he olvidado de que yo mismo creo que escribir es una cuestión de energía y procedí a darle las sobras en las últimas semanas, lo que me quedaba tras hacer todo lo demás, incluido un montón de irrelevancia. No es de extrañar que la escritura me haya escupido lo mismo de vuelta. He cometido el error más básico de pagar lo importante en último lugar, con la calderilla restante tras las obligaciones y caprichos. No voy a entrar en los motivos de por qué esto es un enorme fallo en cualquier cosa que uno se proponga. Para seguir, he caído también en depender de las emociones para lo que duraban las sesiones de escritura o de qué se componían. Depender de ellas para hacer algo (o no) es como depender del clima, de los caprichos de un niño, de lo variable e imprevisible. Dejar lo importante a un niño es una irresponsabilidad, lo mismo ocurre con el caso de la escritura. Y en cuanto a las emociones y la motivación a la hora de hacer algo, son cosas de amateurs que también creen en musas. Da igual la emoción del momento, sea la que sea, actúas de todas maneras. Si mi mejor cliente necesita para mañana algo urgente (o se va con otro y yo no como) las emociones no importan. Las apartas de un manotazo, te pones y lo haces. El problema es que nosotros mismos somos nuestro peor cliente. Nos dejamos para el final, para los restos y las sobras. Nuestros proyectos más queridos, lo que más amamos, queda colocado tras una cola tan larga de cosas que lo perdemos fácilmente de vista. Y también he caído en ese error por algo que de nuevo es demasiado tópico como para que no escueza: La creencia de que en el futuro vamos a ser mejores de lo que somos en el presente. Por ese motivo, en gran parte, dejamos cosas para luego. Pensamos que el lunes ya empezaremos a escribir «como Dios manda» y el domingo nos imaginamos motivados al despertar, llenos de energía. Y ponemos Netflix. Pero el lunes te arrastras fuera de la cama como sea, bebes un café, te atrapan unos correos y dos tonterías, el móvil pita para las idioteces de siempre y, de pronto, son las once y quién se ha llevado todo ese tiempo. Y sobre todo, esa energía. No pasa nada. Ya el martes nos ponemos, nos imaginamos motivados al despertar, llenos de energía (esta vez sí). Y ponemos Netflix para ver si echan el día de la marmota. Cuando colocas a la escritura al final del todo, esta es orgullosa, un poco cruel, no olvida, te da lo mismo que tú les has dado: los restos. Así que estas últimas semanas he escrito cada día como siempre, pero en huecos o al final, y el resultado ha sido muchísimo más irregular que entregando las primeras horas. Unas veces eran sesiones maratonianas, otras repasos someros, palabras aquí y allá, hacer bueno lo de: «Puse una coma y por la tarde la quité.» En fin, errores. Pero bueno, hoy ya ha sido día de dedicar el primer sacrificio de la mañana. Y no, no ha sido mágico ni maravilloso, no ha sido una reconciliación con el estilo y la inspiración como en las películas. Ha resultado poco agradable, no ha habido rastro de epifanía y he creado algo que mejor destruir antes de que cobre vida. Así es la vida real.