Desde crío siempre he mirado más a una cierta clase de personas que presentaban un rasgo que al principio no sabía definir. Pero un día vino a mí como un relámpago, bastante antes de darme cuenta de que ya no era joven, de que ya no tenía todo el tiempo por delante. Prisa por vivir. Ese era el denominador común de todos esos que más me atraían de una u otra manera, llámalos Ernest, Alejandro, llámalos como quieras. Sucede que la prisa por vivir parece incompatible con la escritura, especialmente con aquella que busca ser publicada. Los tiempos de la edición son otros, marcha a su propio tambor y siempre se retrasa. De hecho, la escritura, publicar y la guerra se parecen un poco en que son grandes periodos de espera con unos ciertos destellos de caos (y sangre en las tres situaciones). Y el mérito está en los momentos de espera, en esa calma chicha tan horrible para los barcos de vela. Parecen varados en esos mares iguales que atraviesan y no parecen acabar. En esos momentos, a pesar de que ningún enemigo ni obligación te echa el aliento, a pesar de que no estás motivado con gritos de guerra, pues escribes. ¿Qué vas a hacer si no? Todos somos más o menos productivos con una fecha límite, ese concurso, ese editor que te da 30 días para que arregles el desaguisado de manuscrito. Pero cuando no existe ese tic tac, uno sigue creando igual, y no importa si es bueno o malo lo que sale. Hay una urgencia interna ahí, aunque no lo parezca, es la que empuja a través de la llanura sin eventos y sin final aparente. Siento esa urgencia desde que era crío, pues pronto aprendes que el tiempo es limitado y corre más que tú. Y contra eso no sabes qué hacer, excepto crear algo, da igual si bueno o malo. Lo haces como si eso te fuera a salvar, aunque sepas que no. Cada dos por tres me acuerdo del poema de Bukowski: Así que quieres ser escritor.

«Si no sale como una llamarada de dentro de ti, a pesar de todo, no lo hagas. Si no llega desde tu corazón, tu mente y tu boca…»

Etcétera. Gran poema, que resuena poderoso en las mentes de muchos que escribimos. Pero es un poema, ha de quedar bien y lo importante es la emoción, porque no siempre va a salir de dentro como un resplandor de gloria. ¿Qué mérito tendría eso? Está ahí y necesita salir, pero muchas veces es como un parto. El parece que no pasa nada, de la guerra y la escritura, forman parte de su naturaleza. Es en la calma, no en la lucha, donde la mayoría cae. Y la prisa por vivir escribir es la que te lleva muchas veces a través de ella, dejando un rastro de malos párrafos que esperas que nadie vea, aunque ellos también son necesarios.