Con el tiempo ya sólo espero que un libro me deje un par de ideas que se queden a vivir en mi cabeza. Si eso ocurre, lo doy por más que bueno, pues muchos pasan sin pena ni gloria y a veces pienso: ¿Qué decía este o aquel? Y no soy capaz de recordar mucho, sea por culpa del libro o porque la demencia cabalga de nuevo. La cuestión es que uno de esos libros que me dejó el par de huellas y unas cuantas más fue uno escrito en los setenta por William Zinsser y que se titula: On writing well (Sobre escribir bien) Zinsser, que murió el año pasado tras una vida larga llena de escritura, fue crítico literario, periodista, escritor, editor y mucho más. Gran parte de su carrera la dedicó al periodismo en el New York Herald y este libro en concreto se centra en la escritura de no ficción. No obstante, la escritura es buena o no independientemente del género o de lo que trate y, sobre todo, Zinsser tenía en su meñique más sabiduría sobre el arte que muchos «escritores de fama» que no paro de ver por ahí. En realidad se me quedaron resonando más que un par de ideas cuando me encontré con ese libro, pero no voy a machacar más con que él mismo, como todo escritor que sea sincero, repetía esto:

«La única manera de aprender a escribir es forzarte a producir un cierto número de palabras regularmente».

Cualquier otra cosa es jugar a escribir, que es un pasatiempo que siempre estuvo, pero con esto de las redes sociales hoy es más visible que nunca. Parece que hay todo un género propio de escritores basados en hablar todo el rato de lo que escribirán, sus ideas o esa novela con la que están, pero años después no hay nada tangible ni terminado. La cuestión es que otra de las frases del libro que se me quedó fue esta:

«El escritor hace siempre todo lo posible por evitar el acto de escribir».

Nada más cierto. Siempre surge algo por el camino y entonces la escritura se sustituye a veces por lo peor posible: fantasear sobre ella. Esa es una de las cosas más habituales que un escritor hace para evitar el acto físico, el único que importa. Piensas en qué harás, qué dirás, que este o aquel personaje estaría bien, lo comentas en Facebook junto con las ganas que tienes de ponerte…Crees que todo el mundo está atento a eso cuando a nadie le importa un pimiento, etcétera. La cuestión es que así, al final del día, cero palabras. Fantasear es contraproducente, no sólo porque está bastante demostrado que influye negativamente en que al final hagas algo en el mundo real (sí, hay uno más allá de la ventana, que me lo han contado) sino porque así a tu cabeza le parece que escribes, pero evita «el muro». «El muro» es esa pared de ladrillos contra la que te estampas cuando quieres poner tu fantasía sobre el papel y te das cuenta, oh sorpresa, de que no es fácil. Las frases no salen, las ideas no se doman, se niegan a ser plasmadas en algo que no sea un asco. Todo eso tan bonito en tu cabeza sale a trompicones, cuando sale, claro. Te estrellas con ese muro de la práctica y, a veces, después se viene contra ti y te sepulta. Muchos no vuelven, es mucho mejor seguir fantaseando con que un día escribirán la gran novela de su generación y decirlo en Facebook para que los demás piensen que qué cansino eres. Es lo mismo que ocurre, en realidad, con todo lo que aprendes. La teoría está bien, puedes recitar en tu cabeza todo lo que hay que hacer y cómo hacerlo, te has empapado quizá de libros sobre escritura como el de Zinsser y otros mucho peores (casi todos serán mucho peores). Pero da igual, te pones y te estrellas. Cuando terminé la carrera y creía que sabía, me estrellé contra mi primer trabajo real y pensé: Todas estas piezas sueltas en mi cabeza que me han hecho aprender, ¿cómo se usan para crear algo real? Ni idea, tuve que aprender con la práctica. Y así con todo lo que me propongo aprender. Parece que entiendo los libros, la teoría encaja… y cuando me pongo en la práctica soy un patoso y a los cinco minutos quiero quitarme, porque me parecen una eternidad de tropiezos. No sé si alguna vez he dicho esto, supongo que sí, porque digo tantas tonterías… Antiguamente ciertas sectas y órdenes iniciáticas tenían la llamada «prueba del tonto». La gente, atraída por secretos, rituales y promesas de poder de esos grupos tocaban a sus puertas, y los neófitos eran puestos a través de una serie de pruebas que nada tenían que ver con secretos de esta naturaleza y las otras. Que si limpia la letrina, arregla el jardín, haz esta estúpida tarea repetitiva que no tiene sentido… Y así semanas y meses. La mayoría se marchaba a los pocos días, con la sensación de que todo aquello era un fraude y allí no había secretos inconfesables ni poder alguno. Sólo los que perseveraban eran admitidos, y empezaban de cero con más tareas incomprensibles que tenían que repetir durante mucho tiempo y sin revelarles secreto alguno. Supongo que todo esto es mito, como eran mitos las promesas que hacían, pero algo sí hacían bien, esa prueba del tonto era una criba estupenda. La escritura tiene una enorme prueba del tonto instalada en pleno corazón. Todo un desierto que atravesar para cribar a esos que no pueden oponerse a la poderosa fuerza que hace que los escritores, en realidad, hacemos cualquier cosa para evitar el acto de escribir. Cada uno pelea contra esa inclinación a su manera. Como yo no soy el más listo ni tengo una poderosa fuerza de voluntad, empleo la táctica más «sencilla». He creado un hábito y a fuerza de repetición tiene una raíz más grande que el resto de cosas que malviven dentro de mí. Y que soy más tonto que todos esos que se van a los dos minutos de empezar algo, así que he llegado al punto en que, si no escribo, me siento mal y tengo que correr a hacerlo. Horrible para tu salud psicológica, pero ¿y los millones de palabras que he juntado y nadie leerá nunca qué?