Jonathan Franzen es uno de esos escritores que te hacen sentir bien y horrible.

Bien porque coges de la biblioteca un tocho como Las correcciones y sientes, tras las primeras páginas, que has encontrado ese libro en el que vas a vivir las próximas semanas.

Terrible porque es imposible escribir mejor y lo cierras cada vez con esa sensación de que mejor dedicarse a otra cosa, ya que de todos modos no vas a pisar esa tierra de gigantes en la que escriben Franzen, Lispector o Lahiri.

Como siempre ocurre, cuando leo a un grande me intereso por lo que tiene que decir más allá de sus páginas, que no deja de ser lo mismo que en ellas, porque la buena literatura es la vida reflejada en un charco de dos o doscientas páginas (quinientas más bien, si eres Franzen).

En una entrevista en abril de este año, un periodista le comenta a Franzen que le gustó la charla que dio en Google en 2018, donde planteaba que la tecnología se imagina que puede resolver el problema de la muerte, pero que la literatura cree que no se puede solucionar.

Parte de la respuesta de Franzen me parece muy interesante, ya que habla del papel de dicha literatura:

Puedes mitigar algunos problemas tecnológicamente o políticamente, pero no puedes resolver el problema de la muerte; no puedes ni resolver el problema del aburrimiento en el matrimonio y ahí es donde entra la literatura. En sus raíces más tempranas, estaba entretejida con las narrativas religiosas, que también tratan los problemas difíciles. El objetivo de la narrativa no es hacer que el problema desaparezca. Es representarlo, reconocerlo, habitarlo plenamente, construir algo bello a partir de él y conectarte a todas las otras personas que alguna vez han luchado con él.

Y más adelante, profundiza un poco más.

El momento que puedo señalar es cuando tenía 21 y fui a mi casa de San Luis. No había estado en vacaciones junto a mi familia desde hacía dos años y, de pronto, la literatura que había estado leyendo en la universidad tomó sentido. No era sólo algo que estudiabas en la escuela. Era una manera de entender lo que estaba pasando en la vida real. De repente podía ver los niveles de significado en una simple frase que mi madre pronunciaba. La había estado escuchando toda mi vida, pero ahora podía construir una historia sobre de dónde venían esas palabras. Podía leer los mensajes codificados y la clave me la había proporcionado la literatura. ¿Me «salvó»? No, pero me dio un camino hacia adelante. Parte de ese camino fue tratar de ser un escritor yo también, porque estaba agradecido a los autores que me habían dado la clave y quería contribuir y dar. Pero también era una manera de estar en el mundo atento a los niveles ocultos, de no ser tan rápido a la hora de juzgar a los demás.

No sé si la literatura salva o no, y si lo hace, no sé de qué salva exactamente, quizá de que el agua no suba más allá del cuello. Pero efectivamente y, como mínimo, la buena literatura te da la clave para mirar de otra manera y te conecta con todos aquellos que estuvieron en el mismo lugar que tú.

Eso está bien, porque creo que lo más poderoso que puedes hacer por alguien no es resolver el problema de la muerte, es que sepa que no está solo.