No es un alegato anticapitalista, yo soy un pragmático y eso me volvió algo cínico, pero visto cómo está el patio, no es lo peor en lo que uno se puede convertir. Esto va sobre escribir, sobre hacer algo relevante según cada uno interprete eso. La solución para eso es muy posiblemente dejar de consumir, sobre todo dejar de consumir cómo tienes que hacer lo que quieres hacer. Internet nos ha llenado de sabios con la profundidad de un charco y que no se callan. Todo el mundo comparte frases con las que te intenta meter felicidad por la garganta y sus reflexiones al respecto de todo. Siete consejos para adelgazar, cinco para engordar, nueve para escribir bien y uno para dominarlos a todos. Aprender demasiado cómo hacerlo bien es enemigo de hacerlo, que es lo que importa. Hoy día hay tanta información sobre las cosas, que es imposible asimilarla toda, incluso suponiendo que fuera buena, que la gran mayoría es pura basura sobre cualquier tema. Ya lo decía Pareto, el 80% o más es irrelevante o directamente malo, cada vez que cometo el error de ojear algún artículo con consejos para que tu novela sea adictiva o tu estilo impecable, encojo el ceño de las burradas que leo. Seguir demasiados consejos te volverá peor y, sobre todo, te impedirá escribir. La solución es dejar de consumir y empezar a crear Para empezar, es imposible saberlo todo sobre algo antes de hacerlo, para seguir, no es necesario, para terminar, intentarlo sólo consigue que gastes tu tiempo enredado en las palabras de otros, en vez de en las tuyas. Tienes que escribir muchas palabras que son basura antes de desenterrar las buenas, no hay atajo para eso, así que mejor ponerse ya. Y que escribir es como pelear, no puedes aprender de un libro que intente enseñarte. Uno puede leer todo lo posible sobre cómo hacerlo, que si te subes a un ring, verás con dolor que no ha servido de nada. (Casi) lo único que merece la pena leer para mejorar tu escritura son libros buenos, esos escritos por los mejores. Es posible que te tropieces con la honrosa excepción del artículo que dice cosas sensatas, o del libro honesto que reconoce que no puede enseñarte a escribir, pero te indica aquí y allá ciertas piedras del camino que es mejor evitar. Sin embargo, son los menos y los que menos ruido hacen, así que es posible que ni los encuentres. Hoy día la red está saturada de tantos consejos chillones y «fáciles», que casi nadie hace cosas, sólo dice cómo hacerlas. Siempre ha sido así, sólo unos pocos hacen y hacen de manera obsesiva cada día, pero en Internet han proliferado gurús por todas partes en las más diversas temáticas, y la escritura no se salva de esa segunda venida de los charlatanes. El problema es que no quieren enseñar, sólo quieren que les lean (y quizá ganar dinero) así que la mayor parte del contenido en Internet consiste en artículos sin sustancia, comida rápida porque los artículos buenos y meditados no conectan con la mayoría. No intentes decirle a la gente que la escritura, como cualquier cosa importante en la vida, es una empresa compleja, compuesta de muchos detalles y que requiere una vida de práctica para no ser mediocre. Diles eso y se decepcionarán y se girarán hacia los «7 consejos para crear un best-seller». Supongo que al fin y al cabo no pasa nada, esos artículos se leen, no alimentan, no ayudan, no consiguen que nadie se siente a crear un best-seller. Uno consume y consume. Si quiere, puede hacerlo para siempre, porque el suministro de esa comida sin alimento es inacabable, pero luego la mayoría no hace nada, o hace un poco, que para el caso es lo mismo que nada. Esto tiene dos efectos perniciosos en esa persona que quizá, si dejara de consumir tanto, podría desarrollar un cierto talento con muchos días de práctica. El primero es otra «parálisis por análisis», ya hablé de eso cuando hablaba de mermeladas, así que no me voy a extender. Los perfeccionistas que quieren saberlo todo antes de lanzarse y hacer nada, ni consiguen saber todo, ni consiguen hacer nada. El segundo es creer que porque leas esas cosas ya estás haciendo algo con tu empeño de escribir. A menos que pongas una palabra tras otra, no estás haciendo nada. Sin embargo consumir ese contenido de bufé barato da una engañosa sensación de logro, de haber hecho algo cuando en realidad no has hecho nada, nótese ahí el engañosa. ¿Entonces debe ponerse uno a operar a corazón abierto sin saber cómo? Alguno habrá que me salga con ello, pero obviamente no estoy hablando de eso, ni de ingeniería, ni de nada, y no estoy hablando tampoco para esos inconscientes que se creen buenos sin necesidad de aprender nada y que acaban escribiendo más libros de los que han leído. Si estás en estas líneas, muy probablemente lees otras, espero que sean las pocas buenas que yo también leo y algunas otras que desconozco, pero también es probable que ocurra que el ratio de consumo respecto a acción esté desequilibrado en favor de lo primero. A esos casos me refiero porque hoy es una dolencia demasiado común. Tan obsesionados estamos con las dietas y resulta que la solución es una, pero una dieta de información, de dejar de consumir y vivir sobreestimulados, de compensar la balanza entre leer y escribir, quitando comida basura y echando libros buenos al plato de leer. Quizá incluso es hora de aburrirse un poco a solas, porque no tenemos móvil ni Internet, a veces el aburrimiento es un requisito para de una vez por todas ponernos de una vez a hacer lo que tenemos que hacer.