Trato de recordar la última semana, me viene a la cabeza un artículo que leí sobre Martial Boudin. Fue un anarquista francés que, en 1894, trató de volar por los aires el Royal Observatory de Londres, custodio del recién nacido «tiempo estándar», conocido como la hora de Greenwich.

No se sabe muy bien qué pretendía, causar terror, una masacre o quizá matar al tiempo y la tiranía que comenzaba a imponer. Esto último puedo entenderlo, yo también he querido hacerlo.

También recuerdo leer que no fue el único ataque contra los relojes en aquella época, como si matar al mensajero solucionara algo. Bristol fue la última ciudad rebelde que mantuvo que, como siempre, el mediodía era cuando el sol estaba justo en lo alto, qué importaba lo que dijera un reloj en Londres.

Trato de seguir recordando la última semana, la película del miércoles pasado en el cine (Un lugar tranquilo 2, una historia que no está mal ni bien, noventa y siete minutos de trámite).

Recuerdo mucho mejor la historia de Hana Schank en The Atlantic.

Schank descubrió el secreto de una mente siempre en calma, otro viejo anhelo como el de matar al tiempo. El secreto es terrible, una lesión cerebral producida por un accidente de coche. Imposible recordar muchas cosas, saber dónde estás o dónde está el queso que siempre guardas en el mismo sitio. Pero a la vez, la calma y el silencio en una mente siempre estresada y ansiosa hasta el accidente, siempre deseando desconectar y a la que se le cumple el deseo con esa terrible ironía.

Recuerdo también una cerveza con unos amigos, cumplir años, recibir una carta y lo que ponía en ella…

Recuerdo retazos cuando trato de rememorar los últimos siete días, pero sobre todo, recuerdo las historias.

Si algo perdura, son ellas, pero no todas.

Algunas pasan sin pena ni gloria, porque ya las has visto mil veces, como los trabajos cotidianos o ese lugar tranquilo 2, que se diluye frente a Hana Schank o el hombre que trató de matar el tiempo.

Martial Boudain inspiró a Joseph Conrad y su novela El agente secreto, un libro que, a su vez inspiró a Ted Kaczynski, alias Unabomber. Este envió hasta dieciséis paquetes explosivos que mataron a tres personas, hirieron a muchas más y causaron el terror en las oficinas de correos, cien años después de que a Boudain le estallara su bomba en la mano.

La suya fue una historia sin mucha importancia en el momento, que encendería sin saberlo la mecha de un libro que se convertirá en clásico y, un siglo después, terminará con la vida de varias personas. Probablemente, estas no leyeron el libro de Conrad ni supieron quién era Boudain, tampoco cómo su paseo hacia el Observatorio Real cien años antes determinó cómo y cuándo terminaría su vida.

Es el poder de las historias. Al final, son lo único que hay porque son lo único que recordamos, la historia que sucede y la que nos contamos.

La manera de librarse de la tiranía del tiempo no es volar en pedazos el reloj, es una buena historia: vivirla, leerla, crearla.