Uno de mis mejores amigos es ejecutivo de una gran compañía compañía eléctrica. Ahora que lo pienso, otro lo es de una multinacional, no deja de viajar por toda Europa y, al parecer, yo siempre he sido el peor partido. Pero me desvío. El primer amigo, hace ya, me dijo que admiraba el coraje que había tenido para dedicarme sólo a escribir, algo que fue probar un año y se extendió a más de tres. Hasta me ponía de ejemplo ante sus compañeros de trabajo y todos asentían.

No sé muy bien por qué.

Para empezar, el coraje y la inconsciencia me resultan indistinguibles, o será que soy daltónico. Para seguir, no creo que haga falta valentía para dejar algo que odias, al contrario. En realidad era un cobarde huyendo de lo que me aterraba.

Pero es cierto que la escritura requiere un coraje, aunque no el de seguirla como a un amor perdido, sino otro más difícil: el de no gustar.

Hay que tenerlo si uno quiere escribir bien. Y esa es una gesta casi imposible, porque igual que no estamos hechos para escribir, tampoco estamos hechos para no gustar.

Hace bastantes años, alguien de Twitter, devorador de libros con el que hablaba de vez en cuando, dijo que por fin iba a leerme. Tuve esa sensación tan particular en el estómago y, tras un par de días, me volvió a escribir. Había empezado con uno de mis libros, pero la verdad es que no había entendido nada, literalmente. Había leído un par de páginas y no había comprendido bien lo que sucedía o lo que estaba leyendo.

Obviamente, dolió y me lo callé, respondí con educación que no pasaba nada, que así eran las cosas. Curioseé en su perfil de Goodreads (no sé si eso existe aún, ya digo que hace muchos años) y su estantería brillaba con los lomos de Dan Brown y similares.

En cierto modo, haberme entendido habría supuesto que, de alguna manera, me parecía a algunos con los que no quiero compartir piso. Porque no gustar a cierta clase de lectores implica que vas por buen camino.

Y a pesar de saber eso, me siguió escociendo porque saberlo no sirve de nada. Dolerá de todas formas porque somos humanos y estamos hechos para encajar y agradar a otros. Antes en comunidades pequeñas, ahora a todo el mundo por culpa de las nuevas tecnologías, lo que es imposible y produce una enorme frustración.

Creo que un escritor tiene que tomar la determinación consciente de no gustar y escribir para eso, aunque duela ahí en el fondo. Si no, jamás hará algo relevante.

Soy el ejemplar físico menos impresionante que he conocido, así que estoy acostumbrado a no gustar desde pequeñito. Y he aquí otra mala noticia, puedo garantizar que en esto la práctica no hace la perfección. Siempre vamos a tener esa espina.

Lo único que sí consigue algo es el tiempo. No tiene nada bueno excepto una cosa, todo te va importando menos, especialmente los demás (algunos demás, claro, otros no pierden el lustre ni deben hacerlo). Creo que, aunque los años no conceden la inmunidad, si casi una década después esa persona me dijera que no me ha entendido, le habría dado la misma respuesta educada y habría pensado: «Bien».

Al final, el tiempo reina supremo en el mar, un barco de bandera negra que te persigue, destruye amores inmortales, corona a buenos libros (sólo unos pocos porque no deja de ser un cabrón) y hunde a todos los malos a cañonazos. También te hace un poco más inmune, un poco más valiente en la condición necesaria de no gustar si es que quieres escribir bien.

Y te mata poco a poco, pero ese es un precio pequeño.