Hace poco leía un artículo sobre Chuck Palahniuk, autor de El club de la lucha entre otros libros. Hablaba de la «_vergüenza»_ de ser escritor. Escribir no es un trabajo, no uno decente de acuerdo a la mayoría, más o menos todo el mundo tiene claro que es un arte, quizá una pasión, a lo mejor encaja en la mentalidad general como un pasatiempo del que hoy todo el mundo es un diletante. Hace mucho ya dijo Arturo Pérez Reverte que en este país todos tienen una novela en el cajón y con el auge de la autopublicación, todo el mundo la sacó y es «escritor». Pero bueno, es que no nos ponemos de acuerdo ni entre nosotros sobre qué narices es un escritor. Intentamos hilar fino diferenciando con términos como escritor o autor y, sacamos el dinero a colación y, en general, todo acaba como acaba siempre, en esa mentalidad guerracivilista en la que no nos enrocamos con todo. La cuestión es que he de reconocer algo que se comentaba en el artículo, esa vergüenza subyacente (y mira que yo reconozco pocas cosas de mí, pero la tengo) sobre lo de llamarte escritor. Este verano hará dos años, yo no me dedico más que a eso. Esa es la realidad. Me levanto, escribo, miro por la ventana, sopeso la futilidad de la existencia y, alguna que otra vez, piso bares, que viene a ser lo mismo. Ya escribía desde mucho antes que esos dos años, mis padres me obligaban a aporrear una Olivetti Lettera 42 y ya que me ponía, pues para teclear los ejercicios, mejor tecleaba historias. Eran fantásticas la mayoría y el primer nombre de personaje que me inventé era Iaxa. Pero cuando la gente me pregunta a qué me dedico o «qué soy» (algo muy habitual) siempre empiezo con: «esa es una buena pregunta», que es lo que se dice cuando dicha pregunta es mejor que la respuesta que vas a dar. Me resulta incómoda esa manía de definirnos y reconozco que cojo cualquier etiqueta que se suele usar por ahí, como lo que estudiaste o lo que trabajaste a cambio de dinero y a eso reduces lo que eres y cambias de tema. El último sobre el que acabo de tener un debate de hora y pico ha sido: la ética, el sexo, los genes y la gestión del terror. True story, al menos no me han preguntado a qué me dedico, ya lo sabían. Es curiosa esa resistencia que tengo a decir que escribo y, algún dios me libre, decir que soy «escritor». Al menos así de primeras, luego a veces surge en la conversación, pero no seré yo el que lo saque. A veces alguien lo comenta también, más que nada para fastidiar un poco. De hecho, mucha gente de mi alrededor lo tiene mucho más claro que yo, claro que esos muchos son otros buscavidas, bardos vagos y gente de mal vivir en general (nunca otros escritores) con los que mantengo una relación casual en la superficie. Pero bueno, que uno me llamó una vez «dreamweaver» y todo, claro que estaba borracho. El caso de todo esto es que, en estas neuras producto de tanto pensar a solas, que tenemos los que escribimos, una vez más parece que no estoy solo. Gente como Palahniuk y otros aún se preguntan qué es un escritor, cuando puedo decirlo y, sobre todo, qué reparo que da. Y sí, ahora que llega la época, tengo que coger esa noción y abandonarla este verano en una gasolinera.