Al Pacino, en la película Pactar con el diablo, le dice a Keanu Reeves que el pecado favorito del demonio es la vanidad. «Todo es vanidad», ya lo dice la Biblia, aunque no sé en qué libro exactamente porque hace demasiado tiempo. Pero tiene razón al menos en eso, no hay más que mirar alrededor.

Este escrito también es un ejercicio de vanidad, supongo que todos empezamos por ella y decimos que en realidad es porque no podemos evitar ese impulso de contar historias. Que lo necesitamos.

Con el tiempo descubrimos que la mayoría de las historias se quedan en el cajón y eso está bien, porque la vanidad se aburre pronto, se va o toma la forma de cien fotos en Instagram, de modo que sólo quedan las razones correctas para escribir. No te sale mejor necesariamente, pero al menos es más auténtico porque sabes que no las va a leer nadie y a veces escribes como si fuera así, la forma correcta de hacerlo.

Ahora empiezas a ser sincero, te expresas por necesidad y no por aprobación.

Pero la vanidad no se va nunca del todo y siempre es el punto débil del escritor. Lo saben las editoriales que tratan de hacer caja y acarician esa vanidad diciendo que «por un poco dinero» (una pequeña fortuna en realidad) puedes estar en las mesas de El Corte Inglés (en realidad, no), decirle a los demás que has escrito un libro, firmarlo para que acumule polvo sin leer en la estantería de unos cuantos familiares. Obtener esas compras por compromiso, como las de un esquema piramidal.

La vanidad también es aprovechada por quien te endosa su método para vender mil libros. Que en realidad eso depende, esencialmente, de la suerte y a quien conozcas, pero la verdad no es el mejor marketing.

La vanidad es lo que hace que se atasque la escritura, que sufras el nombre de esta web, que censures lo que ibas a decir, que metas eso que no te gusta del todo, pero crees que a los demás sí.

La vanidad es lo que convierte la escritura en algo bastardo, la expresión de lo que crees que quieren y no de lo que quieres.

Ves los premios literarios y todo es vanidad. Ves las redes sociales de escritores y todo es vanidad.

Yo soy tan vanidoso como el que más, pero odio más el ruido de lo que amo la adulación. Todo el mundo tiene una opinión y la dice bien alto hoy, no importa lo estúpida o ignorante que sea. Todo el mundo tiene algo que decir y lo dirá, porque ahora tenemos un altavoz y a veces suena la flauta y es increíble la cantidad de tonterías (peligrosas a veces) que tienes que escuchar.

Porque ese es el problema, que la vanidad siempre ha existido y nunca morirá, pero antes no tenías que verla a todas horas y que te susurre a ti también.

La vanidad ha convertido el día en una cacofonía de la nada, de pectorales, morros, culos, frases hechas, conspiraciones, sentencias de barra, demostraciones de ser ignorante y orgulloso de ello.

Al Pacino está contento, el diablo se ha anotado esta victoria.