Emily Carr (1871–1945) fue una pintora canadiense que hoy es considerada un icono. En su tiempo rompió moldes de todo tipo y techos de cristal cuando aún no se llamaban así. Su nombre trascendió esta tierra, literalmente, porque un cráter del planeta Venus se llama como ella.

Pero eso, como siempre, suele llegar tarde.

La realidad es que Carr, en su tiempo, y como le pasa a la mayoría de artistas que se convierten en legendarios, tuvo una recepción, digamos, mixta. Es cierto que fue una de las muy pocas mujeres con suficiente reconocimiento como para exponer junto a Matisse o Picasso, pero suelen ser destellos fugaces y la realidad, por mucho que se reescriba la historia, es que todo eso no le daba para vivir.

Carr tuvo la fortuna de que su familia tenía un lote de buena tierra y, cuando su padre murió, ella y sus hermanas lo heredaron. El plan de Carr fue construir una preciosa casa en la que pintar y que podría mantener gracias a alquilar dos suites de la casa a inquilinos distinguidos.

Pero estalló la guerra durante su proyecto y, con ella, vino la depresión económica. Esa clase de inquilinos a los que aspiraba se volvieron muy escasos y se vio obligada a dividir su propia parte de la vivienda en más habitaciones para alquilar. Primero se mudó al ático y, luego, fuera de la casa. Acampada en el patio de atrás, dormía en una tienda y cocinaba en una especie de refugio improvisado.

Además, hacía de casera de los inquilinos, algo que odiaba, la vida cotidiana y sus trabajos que apenas dan para conseguir dinero que enseguida va a tapar un agujero insaciable sin que quede nada.

¿Suena familiar?

Así que, cuando se habla del éxito de Emily Carr, es importante ahondar un poco más. Por ejemplo en sus diarios, donde deja claro su odio a la tarea de ser casera y mantenedora de la propiedad. Otro sueño roto más del artista que cree que podrá componer algo parecido a una vida que le permita dos cosas sencillas, pero imposibles: que le dejen en paz, que en esa paz pueda crear lo que siempre quiso antes de marcharse.

Es curioso cómo algo tan simple en teoría es una quimera casi imposible en la práctica. Que no hablas de cohetes a Marte ni cientos de millones, hablas de que te dejen tranquilo, poder comer, poder dormir y poco más.

Hay un extracto en los diarios de Carr con el que me he tropezado estos días y que da buena cuenta de esa eterna pelea del artista, no por el éxito, sino por mantener la cabeza por encima del agua.

Creo que puede ser el diario de cualquiera y que el último párrafo es revelador de la verdadera naturaleza de las cosas, guste o no.

Oh cielos, oh cielos, toda yo se rebela contra esta casa horrible y podrida. Sé que se está derrumbando, sé que necesita reparaciones, sé que no es moderna, sé que no soy una buena casera, dispuesta a humillarme ante mis inquilinos, lamerles la tierra de las botas y luego aceptar sus cheques. Me destroza la vida este peso de tareas horribles esperando ser hechas, porque me duele la espalda, así que no puedo hacerlas yo misma y no tengo dinero para pagar a alguien que las haga. Y luego, tal vez, entro en mi hermoso estudio y veo algunos bocetos y siento que mi piel estalla con las cosas que quiero decir, con las cosas que el lugar me dijo y que quiero expresar y en las que me quiero sumergir, en las que quiero vivir. Y ahí está ese asqueroso horno que hay que limpiar y leña que cortar y hay que barrer y quitar el polvo y fregar y hacer de jardinera, sólo para mantener una apariencia respetable para los malditos inquilinos, a fin de exprimir una miseria de alquiler para subsistir. Y todo el rato sabes que te estás marchitando, volviéndote sórdida porque el tiempo y la fuerza que necesitas para buscar, absorber y crecer cuestan dinero, tiempo y fuerza —y tu bilis hierve y estás llena de amargura y odio hacia ti misma, por estar resentida cuando mucha gente en estos días lo tiene mucho peor—. Dios parece tan sordo. Tus oraciones se van haciendo cada vez débiles o se quedan a medias o, si por puro esfuerzo formas las palabras, te devuelven el golpe como ecos vacíos.

…Ahora sal, vieja, y corta la leña y vacía las cenizas y rastrilla y repara la cerca. Pero, ¿debería? ¿O debería cerrar los ojos a estas cosas, subir más alto y pintar? ¿Debería elevarme por encima de lo material? No, creo que tienes que atravesar todas esas cosas para llegar hasta la otra.