La vida no vivida

06-04-2022

Hace 20 años, Steven Pressfield publicó el libro The War of Art.

20 años.

Recuerdo comprarlo en un Amazon de Estados Unidos que tardaba siglos en llegar. Recuerdo comprarlo de nuevo, en formato audiolibro, la voz de Pressfield, grave y perfecta, declamando en los auriculares frases que me marcaron, quizá un poco demasiado.

Recuerdo, sobre todo, una de ellas:

La mayoría tenemos dos vidas: la vida que vivimos y la vida no vivida dentro de nosotros. Entre las dos, se interpone la Resistencia.

Esa Resistencia como monstruo mítico que toma muchas formas (la pereza, la distracción, la procrastinación o la elección de otras cosas en lugar del arte), algo que había que derrotar como a un dragón, a fin de atravesar el páramo que separaba las dos vidas y realizar por fin todo eso que promete la no vivida. A ver si así deja de susurrar justo a la hora de dormir.

20 años.

Muchas cosas han cambiado, pero algunas no. Entre las últimas, que entonces era un crío que no sabía nada y ahora me siento igual. Tampoco conseguí cruzar el páramo y matar del todo al monstruo que se interponía entre lo no vivido y yo, pero alguna cosa he aprendido.

La más importante que, como toda buena historia, tiene mucho de mito y los dragones no existen. Puede que haya algo confundido con un dragón, que tiene cierta responsabilidad, pero no la culpa de todo, porque la verdad suele ser mucho menos interesante que las historias.

Lo que también se interpone entre la vida no vivida y tú es mucho más poderoso que las encarnaciones de la Resistencia en forma de procrastinación, pereza o falta de voluntad, cosas que, aparentemente, parecen bajo nuestro control o eso nos quieren vender. Para la mayoría también se interpone el contexto, lo más poderoso siempre y sobre lo que tenemos poca capacidad de cambio.

Lo heroico hoy no es matar dragones, es poder sacar tiempo y energía después de que ese contexto drene ambas cosas con horas interminables de trabajo. O pagar el tributo cada vez más elevado que pide hasta lo más básico: una casa, una cama, lo necesario para calentar ambas cosas. Tras eso, ponte a escribir.

20 años.

Era joven y, como todos los jóvenes, estaba ansioso de leyenda, creía que: «Donde hay una voluntad, hay un camino».

Es verdad eso de que los odios de hoy son los amores de ayer, porque esa frase entre comillas me la repetía mucho, pero no es verdad. A veces hay voluntad, pero no camino. Para eso, por ejemplo, basta con tropezar en la primera tirada de dado que no controlas y nacer en la familia, época o país equivocados.

También creía que se podía realizar plenamente esa vida no vivida, pero siempre existirá y así debe ser. Cambiará de forma si es que atrapas lo que imaginas y esa nueva fantasía siempre susurrará que es mejor que la tienes, no importa lo que hayas conseguido.

No conformarse y querer sólo a lo que no se tiene forma parte de ser humano y es inevitable, no importa cuánto consigas que se parezcan ambas vidas. La no vivida mutará y te dirá que siempre estarás mejor de otra manera, que, hagas lo que hagas, no es suficiente.

Nuestra imaginación siempre será capaz de conjurar algo que anhelemos. Pero está bien, quizá el verdadero sentido de esa existencia no realizada no es atraparla, sino ser, entre otras cosas, refugio cuando llueve. Ser algo siempre a salvo de la realidad, un sitio en el que perderse mientras imaginas y te dejas llevar hasta ese lugar donde todo parece perfecto.

Que proporciona frustración, pero también consuelo.

En buena parte, nuestro cerebro no distingue del todo la imaginación de la realidad. Ambas cosas siguen siendo una recreación que hace con lo que tiene a mano. Los sueños nos parecen muy reales y nos aceleran el corazón o nos despertamos porque pensamos que caemos. El cuerpo reacciona de manera similar cuando piensas en quien te gusta que cuando lo tienes delante, también se altera cuando lees una historia de manera parecida a si la vivieras.

Eso sí, no es lo mismo, hay grados de diferencia. Todo eso no vivido no puede competir con la potencia de la realidad, pero, al menos, puedes rozar un poco mil cosas y mil vidas, los escritores lo hacemos en cada historia que contamos. Es nuestra manera de ser más y librarnos de la tiranía del contexto. Escondidos entre los párrafos, lo cotidiano no puede encontrarnos hasta que terminemos de escribir.

Yo, a las vidas no vividas, ya no las considero como algo que hacer realidad como sea, porque, de todos modos, no me va a parecer bastante y no me va a resultar nunca tan bueno como en mi imaginación.

Cuando llegó The War of Art, me pasó un poco como la mayoría de veces en esos casos. Mientras espero, la anticipación me puede, quiero que llegue ya, me imagino leyendo o usando lo que he comprado y es genial, es perfecto, como siempre en la vida no vivida. Y llega y, en ocasiones, el paquete hasta pasa un tiempo sin abrir, sobre el mueble de la entrada.

La vida no vivida nunca es como esperas, pero merece la pena tenerla como brújula, como aquello a lo que aspirar. Yo, al menos, creo que lo intentaré hasta que no pueda más, pero he hecho un poco las paces. He convertido a algunas de esas fantasías en refugio en el que resguardarme, en vez de lugar de frustración por no alcanzarlo.

Supongo que también ayuda que, en estos 20 años, he conseguido realizar unas cuantas de esas vidas y te das cuenta de que no es necesario hacerlo con todas. Que algunas es mejor que estén donde nada las puede alcanzar, especialmente, nosotros.

Las elecciones que no tomé, las decisiones en las que estuve a punto, todos esos Isaac, que a lo mejor son realidad en otras partes escribiendo otras cosas, están bien donde están.