Le plagio a medias el título a Neil Gaiman, pero ya se sabe lo que se dice sobre el arte y el robo.

Y lo de hoy es inevitable llegados a este punto, un tópico, pero en un 2020 que agoniza sin que casi nadie le tenga pena, todo vale. Uno se sienta en las butacas del fondo, las luces se apagan y se enciende la pantalla, rememorando otro año que se marcha y que muchos nombrarán maldiciendo.

Repasarlo es un ejercicio extraño, no podía ser de otra manera.

En cuanto a lo que se llevó, por desgracia a muchos y yo he sido afortunado hasta ahora, apenas se ha llevado por delante la publicación de un libro y poco más. Nada importante y ya veremos en 2021. A estas alturas, lo editorial me resulta ajeno, algo incómodo incluso, curiosamente, algo que se interpone en el acto de escribir y lo condiciona, pocas veces para bien.

Así que repetiré lo de hace más de un año, ya veremos. Si no sale, no pasa nada, hice las paces con eso hace mucho tiempo.

Este año he aprendido un poco, sólo un poco, a recuperar el gozo, en ocasiones la diversión, en lo que hago. Recordar por qué te levantas antes que el sol, por qué te gustaba aporrear la infernal Olivetti cuando eras crío y todas las historias eran malas y tremendamente divertidas de escribir.

Soy culpable de contribuir a que esto sea demasiado serio, que debe serlo, pero no todo el tiempo.

De 2021 sólo sé una cosa, será un año de relatos y está bien, porque nadie los compra, nadie los publica y nadie los quiere. Así que no se me ocurre nada mejor que cuidarlos un poco yo y divertirme. No haré más apuesta que esa, nunca he tenido la suerte que hace falta para ganar.

Una de las cosas que este egoísta ha echado de menos ha sido precisamente esas butacas del principio en un cine, las luces apagadas y la pantalla iluminándose. Quizá 2020 haya herido de muerte al cine que tanto amo, no lo sé, me propongo tratar de adivinar menos también. Si eso ocurre, lo echaré de menos y, mientras dure y cuando pueda, seguiré yendo cada semana.

En cuanto a otras cosas si me paro a recordar, ya lo dije, durante el confinamiento fui uno de los que odiáis. Leí, escribí y aprendí como ya no recordaba en aquellas semanas. También he comprobado en 2020 que hay más idiotas de los que creía, pero surgió el valor y el coraje de muchos más.

Por fortuna, los idiotas son ruidosos, pero no merecen atención, sino que su quina se ahogue en una campana de silencio. Y por suerte también, son menos.

No podemos dejar que nos convenzan de otra cosa o nos conviertan a la causa del odio y la imbecilidad.

Y ya está, escribo esto en la sala de espera de un hospital, en medio de una pandemia mortal (tranquilo quien se preocupe, no es nada mío ni nada realmente grave). Eso sí, nunca pensé que escribiría una frase como esa. Cosas de 2020.