William Zinsser dijo que escribir era un acto egoísta y más vale que lo admitiéramos.

Tiene razón.

Algunos hablan de escribir como un acto de coraje y otros tratan de unirlo con lo trascendente, haciendo real algo que viene desde el mundo de las ideas en las manos de una musa.

Creo que estos días hemos visto que los valientes son otros. Nosotros hacemos tac tac y ya está, algunos bebemos café e imaginamos que, esta vez sí, triunfaremos con lo que tenemos delante.

Pero yo no he encontrado rastro de coraje o trascendencia en lo que hago. Si alguna vez volcar lo que tengo dentro sirvió para derrotar a algún miedo, aliviar un trauma o sacar lo que se quedó atrancado, no sé si hay heroicidad, pero sí egoísmo. Todo tiene que ver con nosotros y los que menos lo reconocen son los que más creen, en secreto o a voces, que son los mejores y su genio nunca será lo bastante reconocido.

Escribir es un acto egoísta y más vale que lo reconozcamos porque, al menos, de esa manera es probable que escribamos mejor.

Desprovistos de un sentimiento trascendente y una visión errónea de escribir como heroicidad, podremos empezar a ser sinceros también en la escritura tras serlo en los motivos.

Cuando Hemingway hablaba de la veracidad como pilar fundamental de la buena escritura no se equivocaba. La impostura, lo recargado y todo aquello que no somos se nota a la legua y no engaña a nadie. O al menos no engaña a los que aman de verdad los libros y las historias. Porque nada hay más típico que un escritor que no está siendo sincero y monta una falla (ese concepto tan valenciano) de cartón por fuera y nada por dentro.

Las personas somos naturalmente egoístas, no pasa nada, no puede ser de otra manera. Eso no significa que también tengamos otras cosas dentro, contenemos multitudes como el poema de Whitman y eso nos permite contar mejores historias.

Sosteniendo a la escritura se encuentra la emoción sincera. Sin la segunda, la primera está vacía. Y la emoción no se puede fingir o sólo lo hacen los psicópatas y los manipuladores, que no reconocen errores ni tienen arrepentimientos.

Las emociones no se pueden fingir y, cuando has leído o escuchado suficientes historias, empiezas a ver cuando alguien las quiere manufacturar con los tropos de siempre. Los malos guiones de películas recurren a recursos gastados para que simpaticemos con unos personajes y odiemos a otros, los malos libros, también. Una vez has visto suficientes historias, se notan y no sólo no funcionan, es que producen el efecto contrario, porque a nadie le gusta que lo manipulen ni tomen por tonto.

Todas las historias están escritas mil veces, pero sigue habiendo una demanda de sinceridad ya que no nos cansamos de las emociones verdaderas, de leerlas y vivirlas, porque de eso se trata todo esto.

Es tiempo de reconocer que todos los escritores somos unos ególatras. Los tímidos y ermitaños también, porque un deseo más escondido no deja de ser deseo.

Es hora de ser honestos y sacar lo que tenemos dentro, por egoísmo o por arte.

A mí no me da tiempo a ser yo mismo, no voy a perderlo tratando de ser otro.