Hoy iba a darle un poco de rienda a mi fetiche de las cartas, precisamente con una de Hemingway. Y por una especie de casualidad, me encontré un breve debate en Twitter sobre la correspondencia de Galdós a Pardo Bazán.

Cuando una persona muere, ¿deben ser publicadas las cartas sin el permiso de quien las escribió, o incluso en contra de la voluntad expresa de no hacerlo?

Porque en los cincuenta, Hemingway también dejó dicho que no se publicara correspondencia suya y aquí estamos, su hijo Patrick recopiló y ayudó a publicar esas cartas contra la expresa voluntad de su padre.

Y he de reconocer que he leído muchas de ellas y me han proporcionado, no sólo el placer de profundizar en cómo pensaba el escritor (escribir es pensar), sino la oportunidad de aprender un montón de cosas sobre la vida y la escritura. Las cartas haciendo lo mismo que los libros buenos.

Del mismo modo, otros alegan que, de haberse cumplido voluntades así, no sabríamos nada de Kafka y otros. Que a cambio de promesas rotas, la vida de muchos (a lo mejor el mundo) fue mejor.

Patrick Hemingway, obviando el claro motivo económico de hacer algo así, alegó esta razón para publicar la correspondencia de su padre:

Mi motivación principal para hacerlo es pensar que da una imagen más fiel de la vida de Hemingway que la de cualquier biógrafo hasta la fecha […] Mi padre no fue una figura trágica. Tuvo la mala suerte de tener problemas mentales en la vejez. Hasta entonces, fue una persona bromista y jovial.

En eso tiene razón. En general, los biógrafos de Hemingway no han hecho demasiado buen trabajo con honrosas excepciones (Michael Reynolds). Y la figura de Hemingway siempre ha sido distorsionada por el mismo lado, el del tormento barato y la descontextualización de cosas que, en aquellos años, eran habituales. Pero bueno, nada más pesado y falso que el insoportable tópico de artista maldito que no hay manera de despegar como un chicle, aunque con el tiempo esas nociones desaparecen en los que son serios en esto, como el acné cuando creces.

Es cierto que esas cartas muestran que Hemingway era un hombre jovial, de su tiempo, con los defectos y virtudes que tenía eso, como tiene cualquier época.

Pero ¿qué pensaría si supiera que se han publicado? ¿Qué pensarían Galdós, Bazán o Kafka?

¿Qué querríamos nosotros que se hiciera con lo nuestro?

Yo, particularmente, tengo resuelto ese problema. Soy de un tiempo mestizo, pues conservo un buen puñado de cartas inanes de otros y las mías estarán perdidas y desperdigadas por ahí, producto de una época sin interés en la que no decía gran cosa. Luego vi morir a esas cartas y se solucionó por sí solo el problema planteado. Por el otro extremo, también soy demasiado viejo como para que mi legado epistolar consista en morros de pato y bíceps frente al espejo, como creo que serán las recopilaciones del futuro.

Pero si tuviera ese problema, lo cierto es que yo tampoco querría que mis cartas, o que lo que dejé expresamente dicho que no se publicara, viera la luz.

Y sí, soy un hipócrita, claro que lo soy. Por querer que lo de los que admiro salga a la luz, egoísta por desear más de aquellos que me gustan y, a la vez, no querer que me pasara a mí.

Y siempre ocurre lo mismo, planteo preguntas como la de si se debe publicar algo que se dijo que no se hiciera y no doy respuestas, o no hay una sola, o no hay verdad irrefutable.

Cosas de un debate que se prolongaría hasta altas horas alrededor de una mesa sin llegar a nada concreto. Lo que pasa con todas las cuestiones importantes y ahí están la gracia y el valor de esas conversaciones.

Así que voy a poner sólo el comienzo de la carta que iba hoy y estaba dirigida al poeta Ezra Pound. No sé si estoy tratando de servir a dos amos y no sirviendo a ninguno, pero es que es tan buena, tan alejada de lo que es la vida hoy de cualquiera de nosotros… Hay tanta aventura implicada en las entrelíneas de los primeros párrafos solamente, que es imposible querer que cosas así se pierdan.

Chamby Sur Montreux - Suiza - 23 de enero

Querido Ezra:

Tenemos la intención de reunirnos contigo. ¿Cómo es aquello? ¿Cuánto pagas? ¿Cuál es el hotel? ¿Puedo, como Northcliffe en el Rin, preservar mi incógnito entre tus amigos fascistas? ¿O son capaces de dar aceite de ricino a Hadley? Ya sabes que Mussolini me dijo en Lausana que jamás podría volver a vivir en Italia.

Pero bueno, ¿cómo demonios estás? ¿E sua moglia? ¿Cuánto tiempo te vas a quedar? Responde a cualquiera de las preguntas que te parezcan importantes.

Supongo que te has enterado de la pérdida de mi Juvenilia

[Aclaración: esta es una errata de Hemingway, refiriéndose por juvenalia a la pérdida de toda su obra inicial tras el robo de una maleta en la estación de París cuando Hadley, su mujer, viajó en diciembre para reunirse en Suiza con Ernest. Le llevaba todos sus escritos y desatendió un momento el equipaje para comprar agua, perdiéndose buena parte de su obra para siempre].

Fui a París la semana pasada para ver lo que quedaba y descubrí que Hadley hizo un trabajo a conciencia y metió en esa maleta todos los carbones, duplicados, etc. Todo lo que queda de mis obras completas son tres borradores a lápiz de un poema vago que fue desechado, alguna correspondencia entre John McClure y yo, y algunos carbones periodísticos.