Aunque creo en la veracidad sobre todas las cosas a la hora de escribir, eso no significa que literatura y realidad tengan que ser siamesas. De hecho, tiene que haber diferencias entre ambas, o de lo contrario, la literatura se convertiría en insufrible, con su capacidad de emocionar disminuida. Para empezar, buenas historias y realidad no se parecen porque en la última las conversaciones no son tan perfectas, la gente no es tan guapa y el amor no es tan rápido ni poderoso. Y cuando esto último lo es, resulta horrible e inquietante. Todos esos gestos grandilocuentes que consiguen derretir el corazón del otro supondrían una llamada a la policía en el mundo real. Así que la veracidad total no se cumple en muchas ocasiones, ni debe hacerlo, porque no es esa la que importa. Es más, esperamos que sea así y dejamos pasar esas pequeñas ficciones imposibles, porque una conversación real, con sus ajem, ah, mmmhhh y sus interrupciones incómodas sería insufrible sobre el papel. De ese modo, los personajes raras veces fallan al expresarse y son más articulados de lo normal. Un buen escritor debe reflejar la personalidad interior de quien habla a través del diálogo. De hecho, un error muy común son esas novelas donde todo el mundo se expresa de la misma manera, la del escritor. Sin embargo, aunque un yonqui de aguja y portal no hablará como el presidente de la nación, tampoco tendrá los dejes e interjecciones de una conversación real. Otra cuestión que me parece interesante sobre esto es el hecho de cómo esas diferencias en las historias se proyectan en las expectativas sobre la vida real. El blanqueamiento Disney de las historias, la irrealidad de la mayoría de las peleas, la aparición de personajes que son meros arquetipos (clichés) sin profundidad (como el «sabio» o «maestro» que enseña algo al personaje, el amigo que sirve de apoyo y recurso de exposición, el «malvado» cascarrabias que se sacrifica en último acto…) y, especialmente, la construcción de las relaciones románticas. Todo eso puede generar una expectativa distorsionada de la realidad. Y, desde luego, si estamos esperando conversaciones, personas y amores como los de los libros (malos) estamos comprando un billete a la decepción. La línea a caminar entre veracidad y diferencia necesaria es fina pero suficiente. Uno siempre puede recurrir a la carta de tomarse una «licencia literaria», pero eso sólo funciona cuando es algo raro, y no la esencia de doscientas páginas.