Que vivimos cada vez más distraídos, y que la lectura y la escritura son las primeras víctimas en la actual guerra por la atención, son dos temas cada vez más recurrentes. De hecho, hablo de ello a fondo en Escribir mejor y no voy a repetir lo que pone allí. Hoy me gustaría centrarme en la dimensión del enemigo, cada vez mayor, gracias a ese aparato llamado móvil.

El teléfono tiene una característica que lo hace enormemente atractivo y que también trato a fondo en Escribir mejor, la todopoderosa y muy subestimada conveniencia. Al ser tan elevada, su poder de distracción es el de una estrella gigante y no paras de orbitar alrededor de él.

Una y otra vez, sin querer, ya está en la mano. Estás viendo una película y lo estás toqueteando, y no sabes cómo ha llegado ahí. Miras un mensaje un segundo (porque ya no puedes ignorar el pitido y la luz) y de pronto se han hecho las seis y no recuerdas qué ibas a hacer con todo ese tiempo que tenías por delante.

La cuestión hoy es que siempre he pensado que yo uso el teléfono muchísimo menos que la gente de mi alrededor. Por ejemplo, una regla inviolable para mí siempre ha sido que, si estoy con alguien, el teléfono no entra en la escena hasta que la otra persona sale de ella. Tengo prácticamente todas las notificaciones desconectadas, a casi todo el mundo silenciado, me he desinstalado casi todas las aplicaciones, excepto las imprescindibles, etc, etc. Eso ha reducido el tiempo que paso en redes sociales (Instagram, ahora que recuerdo, no la piso desde hace meses).

Sin embargo, el otro día me puse una de esas aplicaciones que te dicen el tiempo que pasas en el teléfono y con qué. Y me quedé horrorizado de la cantidad de minutos que, a pesar de todo lo anterior, le dedico.

De hecho, pensaba que la aplicación no funcionaba bien, pero lo hace perfectamente.

El diablo hace su mejor trabajo cuando no crees en él. Puede campar a sus anchas porque no buscas aquello que no concibes que exista. Pero mientras tanto, hace su labor de zapa. No estoy diciendo que el teléfono móvil sea el diablo (aunque seguramente lo inventó), pero opera de maneras sibilinas gracias a la ya nombrada conveniencia y la tremenda ingeniería del comportamiento que lleva incorporado para que no puedas evitar usarlo.

Así que mi próximo experimento sin sentido se va a basar en restringir mi uso de móvil todavía más, hasta alcanzar una hora como máximo al final del día.

Y una hora ya me parece demasiado, pero según esa aplicación chivata que destruyó mi autoimagen, la consumes sin querer, mientras piensas que ni siquiera lo has tocado.

Por supuesto, como cualquier otra persona, he comenzado el reto haciéndome «trampas al solitario». Que si no cuenta cuando lo uso como reproductor de música o cuando utilice las aplicaciones para leer libros electrónicos, porque no tengo el ebook a mano y otra vez se retrasa el autobús.

Tengo curiosidad por el resultado. Debido a mi carácter (intransigente con gotas de rigidez inaguantable), el mero hecho de ponerme ese límite ya está haciendo que, en el par de días que llevo con ello, mi uso del móvil se haya reducido sensiblemente.

Contesto a los mensajes en lotes a determinadas horas (no tardo nada, pues nadie me escribe ya, y hacen bien). Además, ahora soy muy consciente de cuándo lo uso, en vez de estar otra vez con él en la mano sin saber cómo ha llegado ahí…

Veremos cómo termina todo, porque sin duda, si todo ese tiempo que marca la aplicación de control lo dedicara a la escritura…