Hoy no hablo de escritura, hablo de lectura, la materia prima de la que depende todo, porque mala harina hace mal pan, y la lectura es la harina del pan de la escritura.

Con esto no me refiero necesariamente a lo que uno lee, sino también a cómo lo lee.

En 1995, la crítica Eve Kosofsky Sedgwick acuñó los términos lectura paranoica y lectura restauradora en un ensayo complejo, pero muy interesante. Desde entonces, esos dos conceptos han sido interpretados de diversas maneras.

Una de las formas más sencillas es la siguiente.

La lectura paranoica es aquella que se centra en lo que está mal o resulta problemático dentro de un texto y, por desgracia, está más extendida que nunca. Porque la lectura paranoica no refiere solamente a la ficción, es una mentalidad, una declaración de intenciones. Vas a encontrar sí o sí lo que no te gusta en algo, ignorando todo lo demás. La lectura paranoica es Twitter, que no es: «A ver qué ha escrito esta persona», sino: «A ver qué ha escrito hoy este gilipollas».

Y como las personas tenemos una capacidad infinita de reinterpretación de la realidad a nuestro gusto, vamos a encontrar siempre algo que está mal y, si no, lo vamos a crear nosotros mismos.

La lectura reparadora, en cambio, busca lo que puede haber de curativo en un texto (o en cualquier expresión, artística o no), lo que nos nutre y alimenta por dentro, nos cambia y nos hace pensar.

Los libros como alimento y medicina son un concepto que nació casi con el mismo acto de leer, es lo que experimentamos cuando nos sumergimos en una historia y salimos de ella cambiados, en este caso para bien. Que a veces no lo parece, porque lo que es bueno no siempre es placentero, pero puede ser algo que nos remueve por dentro, nos hace ver lo que antes estaba oscuro o nos calienta cuando hace frío.

Y he aquí algo muy importante que no podemos pasar por alto, que la lectura reparadora implica empatía. Por eso, también se centra en ver qué puede haber de nutritivo o reparador en el arte para otras personas, aunque a nosotros no nos encaje.

Una lectura reparadora es eso que hacíamos de pequeños, cuando no sabíamos qué eran todos estos conceptos tan sesudos, ni falta que nos hacía. Puede que no hubiéramos alcanzado el nivel de sutileza necesario para esa visión reparadora teniendo en cuenta a otros, pero desde luego no leíamos impulsados por el rencor y la determinación a encontrar cualquier cosa con la que decir: «Ajá, yo tenía razón, este tío es un imbécil, ¿cómo se le ocurre anidar una frase en 2021?».

Ahora, no voy a ser un hipócrita, pues al fin y al cabo estoy en Twitter y no puedo decir que alguna vez (veces, más de las que reconoceré) no sea un lector paranoico.

Pero me propuse hace tiempo que la escritura fuera también reparadora. Que expresara lo que llevo a cuestas y nada más, lo que me apeteciera, la canción que no quería que se quedara dentro, por muy desafinada que fuera. Las mejores canciones son las cantas hasta que la garganta cede y salen los gallos y el ridículo.

Como en el pan y la harina, un ingrediente indispensable de esa escritura reparadora es la necesidad de una lectura reparadora. Recuperar ese espíritu sin prejuicio de cuando leía mi colección de novelas de Julio Verne, porque tampoco había otras en casa.

Al fin y al cabo, la lectura paranoica sólo alimenta una cosa, la rabia. Y ya sabemos lo que se dice de ella, que es tragar veneno y esperar que sea el otro el que se muera.