Las historias al final de las cosas

29-12-2021

El último escrito del año, a falta del ritual efímero de un relato en Nochevieja, claro, que vendrá y se irá igual de rápido que siempre. No me sacudo de encima los viejos vicios rígidos, y aún lo intento, pero me cuesta recordar si alguna vez he ganado esa batalla.

Podría hacer un repaso del año, pero sería demasiado tópico. Podría hablar de lo que todo el mundo habla, pero sería demasiado aburrido. Así que voy a insistir en el ritmo de mi propio tambor, en la premisa fundamental que permea todo lo que hay aquí escrito.

El poder de las historias es casi ilimitado.

Y no nos damos cuenta muchas veces, yo el primero, de que trabajamos con lo más importante, con lo que es capaz de ejercer cambios profundos y esenciales en nosotros y en los demás.

Lo tratamos como a cualquier cosa y lo vendemos demasiado barato.

Vemos todos los días cómo el poder de las historias se usa para manipular y contar cuentos que benefician a unos y joden a muchos. Que corremos contentos al barranco, con la condición de que nos hayan contado la historia que encaje con los huecos que tenemos dentro, da igual que sea cierta. Eso nunca importó tampoco en los libros buenos.

Pero no voy a volver por ese camino, me canso de escucharme.

Este no ha sido un gran año lector, al menos comparado con el resto, lo cual me avergüenza un poco, pero la vida ya se sabe. Sin embargo, uno de los libros más curiosos que he leído es de una psicóloga y neurocientífica, Lisa Feldman Barret.

En sus estudios, conectan el cerebro de las personas y pueden ver qué sucede cuando les cuentan historias. Mientras permanecen quietos, con los ojos cerrados, y escuchan que van conduciendo después de haber bebido, pierden el control y tienen un accidente, se puede comprobar claramente un aumento de la actividad en las regiones del cerebro relacionadas con el movimiento, aunque sus cuerpos estén inmóviles. Otra actividad en regiones relacionadas con la visión, aunque sus ojos estén cerrados. También aumenta la del sistema cerebral que controla el ritmo cardíaco, la respiración, el metabolismo, el sistema inmunitario, las hormonas…

Las historias, literalmente, hacen vivir al otro lo que estás contando. El cuerpo se activa y se comporta como si fueran reales. Lo de que leer es vivir dos veces no es una frase hecha, es la verdad.

Obviamente, ocurre más cuanto mejor se cuenta la historia.

Al final, el cerebro es un órgano encerrado en una cárcel de hueso y una oscuridad total que, a través de los estímulos que recibe de infinitos sensores por todo el cuerpo, trata de hacerse una idea de lo que le rodea, construir la realidad.

Esos estudios muestran que esa realidad no es más que otra historia, todopoderosa y orgánica, pero otra historia.

También que podemos mejorar nuestra vida cuando nos contamos un cuento mejor y la de los demás cuando se lo contamos a ellos.

Que tenemos un arma peligrosa y sanadora a la vez en las manos. Que se supone que los escritores somos los estudiosos de ese poder, como viejos hechiceros antes de que la magia muriera.

Si aprendes a contar buenas historias, puedes tener a los demás en la palma de la mano, para bien o para mal.

Supongo que, después de todo, en estos días no puedes evitar echar la vista atrás y darte cuenta de lo importante, de cómo eso tan valioso fue siempre lo que dejaste otra vez al final de las cosas, porque la vida es así. Hoy, por última vez este año, trato de poner a las historias en el lugar que les corresponde después de jugar con ellas una vez más. Tratarlas como merecen y recordar esa enorme responsabilidad de ser los artesanos que trabajamos con ellas.

Porque con las palabras adecuadas podemos engañar, sí, pero sobre todo, también podemos curar. Esa era otra de las conclusiones del libro de Barret, algo que muchos ya sabíamos y también una obligación importante, por si acaso teníamos pocas.

Nos vemos al otro lado del final de las cosas.