En un mundo hecho de incertidumbre, la necesidad de agarrarse a cualquier cosa que parezca segura (o que al menos no se mueva mucho) es demasiada.

Por eso triunfan tanto los consejos y los trucos. Ellos prometen aportar esa certeza en medio de la oscuridad.

Sin embargo, cualquier recomendación sobre lenguaje y escritura, como no usar adverbios (sobre todo los terminados en mente) o usar un verbo en vez de otro para narrar diálogos, no sirve de nada. Puede que satisfagan la necesidad psicológica de aclarar al menos una cosa, pero la mayoría de esos consejos son repetición sin entender.

Como en una especie de Asperger literario, se despega el lenguaje del contexto, perdiendo así todo el sentido. Y lo malo de las reglas, como de las personas, es que son magnéticas, atraídas por los extremos. Así que, si no lo son de partida, esos consejos pronto derivan en un absoluto que, no sólo no sirve para nada, sino que acaba con un tiro por la culata.

Cualquier regla del lenguaje o la escritura que diga haz esto o no hagas lo otro es una tontería. Mostrar en vez de decir, que has de escribir pensando en tu público… Prédicas sobre falsos dioses, porque todo tiene que ver con las necesidades de la historia y el contexto.

Si yo le digo la palabra cabrón a alguien, ¿le he insultado? Pues depende del contexto, la inflexión y lo que va más allá de la propia palabra, pero también compone el lenguaje. Ese lenguaje se impregna de lo que le rodea para adquirir significado y, a su vez, también influye en el contexto. Así, cabrón puede ser un insulto o algo cariñoso dicho a un amigo.

Hace poco, Jonathan Franzen publicó 10 reglas para escritores, supongo que con el ánimo de soliviantar y no de enseñar.

Me quedé con dos cosas de aquello.

Una es que un puñado de «escritores» se puso a gritarle a Franzen en Twitter, sobre todo porque una de las reglas dice:

Es dudoso que, alguien con conexión a Internet en su lugar de trabajo, esté escribiendo buena ficción.

Da igual la matización del «dudoso». La mente colmena sólo entiende de binarios, sí o no, conmigo o contra mí. Así que comenzaron los habituales berridos, aunque Franzen no podía oírlos porque no tiene Twitter y no podría importarle menos. El absurdo de la situación refleja perfectamente en lo que se han convertido las redes sociales, un montón de idiotas gritando a la nada y gritándose entre ellos, que en realidad vuelve a ser la nada gritándose a sí misma.

Otra de esas reglas de Franzen tenía que ver con el tema de hoy. Recomendaba no usar nunca la palabra «then» (entonces) y cambiarla por la palabra «and» (y).

Obviamente, no tiene sentido, como no tiene sentido la indicación de otro autor que ahora no recuerdo sobre utilizar solamente «dijo» y no «replicó, contestó…» o cualquier otro verbo en los diálogos de un personaje.

Cualquier recomendación descontextualizada sobre lenguaje y escritura es inútil y errónea.

Los absolutos no tienen pies ni, sobre todo, cabeza. Y la escritura es, por definición y como el resto del arte, el enemigo del absolutismo, de la verdad «divina» y de los que la proclaman.

Haz esto o no hagas aquello son mandamientos de viejas religiones, maneras simples de ver las cosas que conducen a visiones igualmente simples, luego estrechas, finalmente desastrosas.

Cuidado con los eslóganes baratos, las soluciones fáciles y las consignas de verdad absoluta. Nunca son ciertas y no existen más que para obtener algo de ti, dándote decepción y rabia a cambio.