No suelo hablar de lo que escribo, porque trae mala suerte según Hemingway y porque demasiados escritores hablan de lo que van a hacer en vez de hacerlo, al fin y al cabo, es una de nuestras formas favoritas de procrastinar. Sin embargo, voy a hacer una excepción arriesgándome a llamar al mal fario.

Hace unos meses, comencé un «Reto Bradbury» con el fenomenal escritor Santiago Eximeno. Para quien no lo sepa, este reto deriva de una famosa frase de Ray, la de que si escribes un cuento cada semana durante un año, es imposible escribir 52 malos relatos consecutivos.

Estamos en la trigésimo quinta semana.

En mi caso, 36 relatos ya (una semana escribí dos) y cerca de 50.000 palabras en total. No hemos fallado todavía y, ahora que más gente lo sabe, ya no puedo fallar tampoco en este último tercio. Cada domingo subimos los relatos a una carpeta compartida, a pesar de la enorme vergüenza que me da que otra persona vea borradores a los que aún les falta barbecho, cariño y otra capa de pintura.

Y estas son algunas de las cosas que la experiencia me está enseñando.

Las ideas no son lo más duro

Desde que era crío, mi manera de escribir ha sido lanzarme por el acantilado y ver si aprendo a volar antes de llegar al suelo. Así que, a principios de semana, en lo que es casi un ejercicio de escritura automática, comienzo como sea y que la historia se descubra a sí misma, porque no hay otra manera.

No puedo entender a los que planifican todo, porque hasta que no escribes, no se revela lo que realmente quieres decir y quiere decir lo que tienes delante.

Del mismo modo, ya lo he dicho alguna vez (como cuando me propuse escribir cada día en esta web durante un par de meses), la inspiración tiene más de músculo que de magia, así que las ideas no son el problema.

Los temas recurrentes que viven dentro quieren salir como sea

Y lo hacen constantemente. Repasando relatos puedo ver una y otra vez las mismas cuatro cosas a las que tengo mucho miedo y a las que me enfrento con la espada de madera de la escritura.

Hay temas que, si no me esfuerzo por contener para dejar espacio a otros, salen enseguida porque necesitan expresarse y recordar que están ahí e importan, que son los que debo resolver e ignoro mirando a otro lado.

Que la vida es una broma corta e injusta, que sólo hay cuatro cosas que merecen la pena y querer es una de ellas, que me recuerdo un crío más o menos feliz y vuelvo ahí sin querer, donde las historias eran posibles y el tiempo una promesa.

Supongo que busco una respuesta a mi manera, que se revele porque de nuevo para eso sirve la escritura. Sé que no lo va a hacer, pero no pasa nada, aunque las historias no contesten, consuelan.

Esa es su verdadera función y prefiero a los que dan ese consuelo que a los que saben las respuestas.

Escribir con otro es terrorífico (y supongo que positivo)

Eso positivo es una sensación que no tiene que ver con la superación, ni siquiera con un espíritu competitivo o de apoyo. Todo eso está muy bien, todo eso es lo que debería decir, porque al fin y al cabo, no imagino mejor compañero en la distancia que Santiago.

Pero la realidad es que a mí escribir con otro me incentiva a no fallar, y no fallaré a menos que en el camino se cruce un hospital, pero es por mi pánico patólogico a fracasar y decepcionar, a decir una cosa y no hacerla.

A que piensen que no tengo palabra cuando siempre me he dedicado a ella, aunque el amor no sea correspondido.

La escritura (y todo) está llena de los que dicen mucho y no hacen nada o hacen lo contrario, pero lo cierto es que mi actitud de estar cada domingo no es sana en realidad. Mi rigidez, mi miedo a fallar y considerarme un fraude me supera, así que cada fin de semana hay otro texto sin falta, por culpa de esa presión interna que acabará conmigo más pronto que tarde.

Todos los comienzos dan asco

Porque es la naturaleza de la bestia. Cuando a media semana tengo «algo», un primer borrador, este es incomprensible, tosco, otro motivo más para dedicarme a otra cosa.

Sin embargo, mantengo una cierta confianza en el proceso. Sé que es así, es necesario, lo primero es mierda o barro amorfo, pero lo puedo moldear o al menos intentarlo. Así que, aunque es miércoles y no vea todavía lo que quiero en el texto de esta semana (algo sobre caballos, para quien le interese), me siento y sigo quitando lo que sobra, poniendo parches, mirando al calendario de reojo.

Algunas veces te estrellas

Y esa también es la naturaleza de las cosas. Escribir es caerse constantemente.

A veces hay algo de lo que estás orgulloso y a veces piensas que, si alguien quiere chantajearte o demostrar que eres un impostor, no tiene más que enseñar esa mierda que acabas de escribir.

Nunca sabes lo que va a gustar

Por mi naturaleza arisca y ermitaña, no soy de los de animar o contactar (interrumpir) mucho cuando trabajo con otros, a menos que sea estrictamente necesario. Eximeno es un hombre tranquilo que sabe escribir y leer muy bien, especialmente a las personas, así que tampoco hace conmigo ese ejercicio de supuesto apoyo y motivación y lo agradezco mil veces.

Pero de vez en cuando, se me cae el alma a los pies porque lo suyo es demasiado bueno y se lo digo.

Curiosamente, cuando a él me dice algo a mí en ese sentido, no es precisamente sobre el texto que más me gusta, pero ya me rendí tratando de saber qué quieren otros o qué conectará, es el trabajo más inútil del mundo.

El mío es escribir, mostrar (cada vez menos, para qué negarlo) y que decidan otros mientras la tripa da vueltas.

Quedan «solamente» diecisiete semanas y media para terminar y habrá más cosas que aprender, me gusten o no. Pero allá a lo lejos se ve por fin la costa de Ítaca, veremos si Poseidón no me manda a la casilla de salida como a Ulises.