Cuando dudo sobre algo, suelo buscar la respuesta en los libros de historia, porque las personas no cambiamos mucho. Quien haya leído sobre la mal llamada gripe española habrá experimentado un déjà vu. Desde la locura negacionista, hasta cómo ha evolucionado la epidemia o el rechazo a las mascarillas de algunos. Repetimos errores y aciertos habiendo aprendido poco.

Cambian los grados de los sucesos, las duraciones o gravedades, gracias a la tecnología o las condiciones, pero la esencia, lo que corresponde a las personas, se mantiene prácticamente intacta.

Lo mismo ocurre con el arte, o eso me parece estos días, en los que estoy leyendo sobre esa «época dorada» que era el Renacimiento. Las cosas han cambiado poco cuando las miras bien.

Para empezar, la habilidad de autopromoción y politiqueo en el artista era un activo tan importante antes como ahora, al menos, si querías llegar arriba (no sé si lejos, pero arriba).

Para ganar la comisión de la cúpula de la catedral de Florencia, Brunelleschi comenzó toda una campaña basada en extender que era el adecuado y luego marcharse a Roma, porque pensaba que lo de fuera y lo exótico atraía más.

Funcionó, los florentinos le pidieron que volviera y no paró de marear al consejo de la ciudad, insistiendo en que sólo él podía levantar la obra. Consiguió el proyecto, pero Brunelleschi no paraba. Insatisfecho con su coarquitecto, comenzó otra campaña de desprestigio contra él hasta que consiguió echarlo. Hoy, se conoce a la obra como la Cúpula de Brunelleschi y nadie más.

Recuerdo cuando también leí sobre los años jóvenes de Hemingway en París. Une élite modernista departiendo en Montparnasse y dando forma a la literatura del próximo medio siglo. Que es cierto y romántico, que cuántas cosas importantes se dirían que marcaron el paso de los libros para siempre, pero no pocas de esas conversaciones eran posicionamiento, intrigas y promoción de los escritores ante los que tenían la llave de editoriales y librerías.

Más que las calles de Montparnasse, a veces eran los pasillos de un palacio bizantino, llenos de rumores, bravatas y dagas bajo la capa.

No me parece que el juego de la autopromoción haya cambiado mucho. Si acaso, la tecnología o las condiciones, pero la esencia se mantiene otra vez.

La de la envidia también, cuando lees que Masaccio murió con 26 años y la sospecha de que fue envenenado por colegas pintores, envidiosos de su talento y su estrella en ascenso. O que cuando Miguel Ángel estaba de aprendiz, otro pupilo le partió la nariz de un puñetazo tan fuerte que le dejó marcado de por vida. La agresión fue por envidia y porque Miguel Ángel era más capaz y empezaba a ser más reconocido.

Cuando lees las historias de mercaderes ricos que piensan que el artista quiere cobrar demasiado (hoy día, es simplemente cobrar) o del conflicto constante (interno y externo) que es el arte, te das cuenta de que quinientos años no son nada.

Personalmente, prefiero que el retrato del arte sea completo y complejo cuando aprendo, adiós al romanticismo y la mística, hola también al barro y la humanidad. Eso hace que el arte tenga más mérito, que los artistas sean personas y no una especie de superhombres. Está bien que los libros de historia hablen de lo que ocurre entre bambalinas y no de la obra terminada y ya está.

En cierto modo es un alivio, porque sabes que no estás roto ni tu tiempo está demasiado roto tampoco. Que la melancolía, la duda y la obsesión le dan la mano al artista y ya no la sueltan.

Y que la vida y las personas son como son, que el arte es conflicto, intriga y lucha cuesta arriba, especialmente si no eres un privilegiado. La enorme mayoría de los artistas lo han sido siempre, tampoco nos engañemos, lo del artista pobre es un mito o la exaltación de los casos minoritarios porque hacen una mejor historia. Antes no se sabía leer y escribir como hoy, la educación y el tiempo eran patrimonio de muy pocos. En eso, tampoco ha cambiado mucho.

Puede que las redes sociales, la autopublicación o el consumismo salvaje hayan alterado grados y matices, pero la vida del artista siempre ha sido un poco igual. Me temo que dentro de quinientos años, si seguimos aquí, escribiré algo parecido.