Estos son los días mediocres sin nada que relatar, los que echaré de menos cuando algo duela y entonces quiera volver a este momento como sea. Son los días en que no has escrito nada especial y tampoco sucederá eso que esperas que te cambie la vida (nunca lo hace). Son mañanas difíciles de recordar, excepto quizá para los que llevan un diario.

E incluso en ese caso, he ahí la entrada de Kafka:

«2 de agosto de 1914: Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Fui a nadar por la tarde».

Pero las grandes cosas están hechas, sobre todo, de días mediocres. Ni grandes victorias, ni derrotas que llorar, sólo la normalidad por todas partes. Días que se confunden con otros al pensarlos, pero con un papel imprescindible.

Sin los días mediocres, no hay nada. Al contrario de la imagen romántica habitual, el arte, especialmente la escritura, está hecho de esos días sin nada que señalar, excepto quizá una guerra mundial y un baño al mediodía.

Cuando uno escribe, la historia también está sostenida por lo normal. En contra de muchos consejos desnortados de escritura, como la idiotez de que todo lo que escribas debe avanzar la trama, la historia no puede estar compuesta de cosas que «atrapen al lector y no lo suelten». Con eso no vas a atrapar a nadie con más de tres libros buenos en su haber y no funciona, como no funciona esperar ese gran cambio que nunca va a llegar.

Lo ideal sería amar a los días mediocres, pero es tan complicado… Es que ni siquiera inspiran un poco de odio, algo que dejaría más cerca del amor que la indiferencia. Son el chico bueno y simpático, exento de aristas, que no despierta la pasión de nadie y se empieza a volver invisible en cuanto le das la mano.

Recuerdas el día en que te publicaron, el día que ganaste ese premio literario (el que aún no te han pagado incluso más seis meses después, nada que tenga que ver con la realidad, ejem), recuerdas la primera reseña positiva, aunque siempre es de un amigo por obligación, y recuerdas la primera estrella solitaria que ondea en Amazon, porque siempre hay un tonto rondando la luz.

Pero este hoy, estos días mediocres en los que construiste (sin darte cuenta) la mayor parte de tu obra, se quedan en el olvido hasta que se empieza a acabar el tiempo y los echas de menos. Entonces añoras la normalidad y sentarte a escribir todas esas palabras que no tenían un brillo especial, pero cargaron con la historia hasta el final, como Sam con Frodo.

Que no se diga que nadie escribe sobre ellos, aunque sólo sea una vez.