Los días vacíos

27-04-2022

Siempre he mantenido la posición maximalista de escribir todos los días, no porque considere realmente que es algo posible en el mundo material de los trabajos y las enfermedades, sino por el hecho de que soy un desastre y el viejo proverbio tiene razón:

Si apuntas a la luna, le darás al árbol, pero si apuntas al árbol, le darás al suelo.

Así que yo apunto a la luna y le doy al suelo, pero voy a jugar a pensar que, al menos, es un suelo más cercano a mi objetivo. Que nunca estuve seguro de cuál es y, de hecho, cada día parece cambiar, pero ese es otro tema.

La cuestión es que la escritura está hecha de muchas palabras malas y también, a pesar de mi doctrina, de «los días vacíos». Son tan inevitables los unos como las otras.

La escritora May Sarton, en su libro Diario de soledad, donde se recogen esos diarios personales que llevaba, cuenta un 18 de enero:

Un extraño día vacío. No me sentía bien, estaba tumbada, miraba los narcisos contra las paredes blancas y dos veces pensé que debía estar teniendo alucinaciones por su extraordinario olor que iba de habitación en habitación. Siempre olvido lo importante que son los días vacíos, lo importante que puede ser a veces no esperar producir nada, ni siquiera unas líneas en un diario. Todavía me persigue una neurosis por el trabajo heredada de mi padre. Un día en el que uno no se ha esforzado al máximo parece un día perjudicial, un día pecaminoso. No es así. Lo más valioso que podemos hacer por la psique, de vez en cuando, es dejarla descansar, vagar, vivir en la luz cambiante de una habitación, no intentar ser ni hacer nada. Esta noche me siento en un estado de gracia, más flexible, menos tenso. Antes de la cena he podido empezar a ordenar los poemas de los dos últimos años… son bastantes. Para mi sexagésimo cumpleaños tengo la intención de publicar sesenta nuevos poemas y, tal como lo veo ahora, será un libro de poemas principalmente de amor. Sesenta a los sesenta lo llamo, por diversión.

Yo también tengo esa neurosis, no sé si heredada, esa sensación pecaminosa de que un día en el que no he tachado tareas de una lista es un día que no cuenta.

Pero, en realidad, es todo lo contrario y esa es una horrible vara de medir que no me quito. Es la misma que aborrezco cuando la vida me la exige y aquí estoy yo, a veces, empuñándola para la escritura, pensando que los días en blanco no valen, cuando puede ser todo lo contrario.

Un dibujo también está hecho de los pedazos sin pintar y una historia de lo que no se cuenta. Cuando uno habla, lo que calla es igual de importante. El vacío es lo que da sentido pleno a muchas cosas, otro recordatorio que aplicarse, por si no hubiera suficientes.