Hace poco pasó por delante el tuit fugaz de una autora que, simplemente, no iba escribir más por la sencilla razón de que quería ser feliz. Y la escritura no le encajaba ya dentro de esa ecuación. De pasada también aprecié los comentarios sobre que era una pena y que seguro que volvería con fuerza. Pero la realidad es que no es necesario que sea así. Si escribir no hace feliz, uno no debería hacerlo. De hecho, dejar de escribir por cualquier motivo o ninguno es lo más legítimo que uno pueda hacer. Estamos capturados por las historias, son lo más poderoso y, especialmente y como pasa también con las personas, las más bonitas en apariencia son a las que más caso hacemos, aunque muchas veces nos mientan. La primera de esas historias que tejen su tela de araña es que la escritura es algo loable o «superior». No creo que sea así. Es una forma de arte como otra, pero eso tampoco significa que todo el mundo deba dedicarse a ella o que quien lo hace sea especial. De hecho, la escritura está cada vez más embarrada, a tenor de youtubers, influencers, personajes televisivos y más fauna que han entrado motivados por las editoriales que quieren vender, no importa si la prosa o la poesía se van por el desagüe en ese empeño. No me parece que se haya dignificado o reivindicado el arte en los últimos tiempos, probablemente al contrario. Pero vamos, que la escritura tampoco es cirugía a corazón abierto que salva vidas, y no pasa nada si uno no se dedica a ella. Es un exceso de romanticismo pensar que tiene algo especial. Y la verdad, cuando uno deja cualquier otro trabajo, especialmente porque no le hace feliz, nadie le dice que seguro que dentro de un tiempo vuelve. Yo no le desearía eso a un buen amigo, ni siquiera a un desconocido. ¿De verdad lo mejor que puedes desearle a alguien es que vuelva a encerrarse en un cubículo o dedicar el tiempo en algo que le hace infeliz? Me parece un poco sádico, pero de nuevo esa noción equivocada y romántica de la escritura nos puede. De la mano de esa distorsión endulzada llega otra, la de que la escritura es, de alguna manera, un acto que debe ser gozoso siempre. Es como creer en medias naranjas o en alguien con quien los días serán siempre perfectos. No lo van a ser y con la escritura, que encima no es especial, tampoco. Otra de las historias que nos atrapa me parece especialmente dañina y es la de que «No hay que abandonar nunca». No abandonar nunca es lo más tonto que alguien puede hacer y cualquiera que se moleste en mirar a su alrededor habrá visto que los mejores abandonan todo el rato. Porque uno tiene todo el derecho a equivocarse de camino, pero seguir en él, contra viento y marea, pase lo que pase y aunque lleve a un acantilado, es una muestra suprema de estupidez. Tenemos el tiempo que tenemos, más breve de lo que nos parece. Bastante hemos de dedicarlo a trabajos y personas que no nos gustan para poder comer bajo techo, ¿de verdad queremos extender esas malas decisiones a todo? Me quito el sombrero ante quien se va de la escritura a ser feliz. Quizá yo no pueda porque vivo atrapado en una relación abusiva con ella, no lo sé. Suele suceder que no eres capaz de juzgar esa clase de relaciones y, de hecho, se justifican a menudo. Es muy característico de las personas que consiguen cosas leer su biografía y darse cuenta de las muchas veces que fallaron, abandonaron y tuvieron que tomar otro camino. Pero por alguna razón, el «no abandones nunca» nos inculca que debemos seguir dándonos de cabezazos contra la pared, hasta que sangremos primero y nos abramos el cráneo después. ¿Por qué nos encandilan esas frases? Por lo de siempre, porque exteriormente son bonitas al sonar bien, porque componen una historia atractiva, pero pocas veces cierta. No hay ninguna vergüenza en abandonar, al contrario, es un signo de inteligencia muchas veces. Y no pasa nada por dejar de escribir. Al fin y al cabo tampoco somos George R.R. Martin, cuyos fans están pendientes de cuándo sacará el siguiente libro. Y que la escritura no es para tanto. No somos elegidos de ninguna clase. Si acaso, al contrario. De hecho, me dio hasta un poco de envidia esa noción de dejar caer el bolígrafo y marcharse a intentar ser feliz. Esa me parece mejor historia que todas las otras.