Mi plan favorito es quedar con gente para hacer todas esas cosas que fotografías en Instagram y que todo se cancele poco tiempo antes. Esa sensación de alivio y la perspectiva de poder pasarme la tarde en casa, con mis cosas y sin culpa, es como ninguna otra.

Soy un introvertido de manual y por supuesto prefiero que ganen los míos. Por eso, hace unos años leí con interés un libro llamado El poder de los introvertidos, de Susan Cain. Prometía reivindicarnos en un entorno inundado de ruido y furia. De hecho, resaltaba las cualidades de los introvertidos y cómo somos una pieza importante. Incluso podías detectar una cierta premisa que corría por debajo y que decía que nuestra manera no es la equivocada, sino la correcta. La superior, incluso.

Para mí, la enseñanza más importante de esas páginas fue esta:

Que muchos libros tienen como única función conceder bienestar psicológico y con eso pueden conseguir un enorme éxito, sin necesidad de que sus premisas sean ciertas.

Porque yo quería creer que esas páginas tenían razón, el sueño de muchos escritores que nos decimos introvertidos. Quería otra vez eso de que ganen los míos, pero el libro era todo un ejemplo de cómo no plantear una tesis.

Anécdotas sin sustancia que no son indicativas de nada, estudios que tratan de apoyar lo que dice y que, cuando te paras a leer, son risibles. Y por supuesto, un severo caso de lo que en inglés se llama cherry picking, coger los pocos ejemplos que convienen a mi argumento, ignorando la enorme cantidad de los que lo contradicen.

No importa, Cain se ha hecho famosa y best-seller, porque proporciona lo que la gente va buscando en realidad, refuerzo y no necesariamente verdad. También da charlas TED, ordeña su éxito y la contratan como ponente, el lote completo.

Creo que al hilo de su libro han salido otros más sobre el tema de la introversión y cómo somos los mejores y todo eso.

Pero la realidad es esta, ser introvertido o extrovertido no es ni bueno ni malo. Es lo que eres y ya está, una cosa o la otra no te hace mejor o peor. Pero si nos ceñimos a lo que solemos tratar aquí, en caso de que seas escritor introvertido vas a tener muy difícil conseguir algo del «éxito» que imaginas en tus ensoñaciones. Esas firmas en El Corte Inglés, esos adelantos, traducciones e intentos de fichaje por otras editoriales, esas charlas TED y que te inviten a todo, igual que a Cain.

Porque no lo neguemos, más o menos vivo, ese deseo de éxito anida en el fondo de todo escritor.

La realidad es que el mundo y esa clase de victorias son mayoritariamente para los extrovertidos, o para los introvertidos con ayuda de alguien que viva en la trinchera de enfrente. De hecho, algunos de los ejemplos de «líderes introvertidos» que Cain expone en su libro son una muestra clara de que, en caso de no haberse unido a un extrovertido, seguirían en el anonimato.

El más claro es Steve Wozniak, un tipo genial y un ingeniero increíble que, sin Steve Jobs, probablemente nunca hubiera conseguido ser ejemplo (y no muy bueno) para un libro.

La realidad es que ya conté hace mucho que estos temas pueden marcar hasta la diferencia entre la vida y la muerte si te subes al Titanic.

La realidad es que gran parte de ese «éxito» tan anhelado está hecho de cosas ajenas a la escritura. Casi todo es pura suerte, pero también requiere medrar, politiquear, empujar y conocer a quien tienes que conocer. Aunque claro, esas cuatro cosas son el crucifijo y los ajos para nosotros los callados, que queremos escribir y ya está, a la vez que soñamos con ganar un sorteo para el que no compramos papeletas.

La realidad es indiferente a lo que queramos, así que, si deseamos ese sueño de éxito que hay al fondo de nuestra cabeza, tenemos la opción de convertirnos en extrovertidos (quizá fingir), o buscar un extrovertido y que nos dé la mano para sacarnos del cuarto de escritura.