En el artículo de The Paris Review sobre Hemingway de que hablé hace poco, hay otro pasaje revelador, que explica esa conexión con el arte que es difícil de transmitir, aunque no tanto cuando eres un maestro: Hemingway la expresa así:


Has empezado a las seis de la mañana, y puedes seguir hasta el mediodía o haber terminado antes. Cuando te detienes estás como vacío, y al mismo tiempo nunca vacío sino lleno, como cuando has hecho el amor a alguien a quien amas. Nada puede dañarte, nada puede pasar, nada significa nada hasta el día siguiente en el que vuelves a hacerlo. Es la espera hasta ese día siguiente la que es dura de soportar.


Y efectivamente es así y cada uno lo escribe como puede, pero cuidado. Hasta el mejor de los amores no puede (no debe) ser bueno cada minuto que dura, o perdería todo el sentido. De hecho, no es necesario amar algo siempre para amarlo de verdad. Muchos escritores odiaban lo que hacían y lo gritaban al viento para que quedara constancia de que el sol sale cada día, pero no siempre brilla. La escritora Flannery O’Connor, cuentista sin igual, decía que escribir una novela era una experiencia traumática que a menudo llevaba a que se cayeran el pelo y los dientes, Vonnegut hablaba (ya lo he dicho más de una vez) de esa experiencia en la que, escribiendo, se sentía como un hombre sin manos ni piernas, con una cera de colores en la boca. No son los únicos, ni mucho menos. Ursula Leguin dejaba claro que el único ruido que hace la escritura, una actividad siempre solitaria según ella, es el de los quejidos, y Joyce la definía como la más ingeniosa de las torturas, diseñada para castigar los pecados cometidos en vidas anteriores. Y así podría seguir hasta la extenuación. Escritores que odiaban lo que hacían y eran los mejores a pesar de eso, porque en última instancia la pasión, el gozo o la emoción del momento poco tienen que ver con lo importante: sentarte y trabajar. A menos que alguien conserve todavía una noción naif e infantilizada del arte, esto es lo más importante que se puede aprender. Amar u odiar es irrelevante en el proceso. Hay veces que escribes con esa pasión de Ernest, mientras que otras lo haces por inercia y otras más por hábito. En realidad, lo que importa es escribir, porque lo que importa es la iteración. Y habrá veces que escribirás poco inspirado, pero en una segunda reescritura tu estado puede ser distinto y sacar el diamante del barro. O al revés. Hay una constante en todos los buenos que se quejan amargamente o que lo consideran la mejor de las drogas. Independientemente de lo que digan, que hay que leer con desconfianza como todo lo que escribe alguien que domine el arte, se sentaban cada día.