Sé que como mínimo, a una persona que a veces lee esto no le va a gustar lo que voy a decir, pero nunca conecté demasiado con las obras de Kafka. Me gustaron y son mejores que lo que suele caer en mis manos, pero no terminaron de encender una pequeña hoguera.

Sin embargo, Kafka, como persona y escritor, sí ejerce una extraña fascinación en mí. Desde las cosas que dijo, hasta el deseo no respetado de que quemaran sus escritos cuando muriera.

En cuanto a lo primero, me crucé el otro día con esta cita:

Cada vez me refugio más en los rincones y los márgenes, me cansa más todo, me hago viejo. El tiempo es corto, mis fuerzas son limitadas, la oficina es un horror, el apartamento es ruidoso, y si una vida agradable y sencilla no es posible, entonces uno debe intentar escabullirse con maniobras sutiles.

Hay quien es capaz de definir las cosas mejor de lo que tú podrás, esa es la marca del maestro.

Especialmente al principio, cuando eres joven y no sabes nada, crees que la vida es tu campo de juegos. Al menos yo fui afortunado como para creer en esa ilusión y vivirla lo que pude, hay quien no tiene tanta suerte. Luego viene la vida a dejarte claro quién es aquí el juguete de los dos, y la vida es poderosa. Pero siempre quedan los márgenes, las maniobras sutiles para escabullirte en ellos, por los huecos a los que la garra del monstruo no llega.

Creo que no son solo una forma de huir, son una obligación moral.

Escribir es para mí, y creo no estar solo, uno de esos márgenes, una de esas maniobras de escapismo y rebeldía.

Escribir es un acto biológicamente antinatural en el que, a pesar de todo, persistimos. Es una de esas cosas que permite que la vida pase por encima y a lo mejor te rompa porque es lo que hace, pero que no te destruya del todo. No puede hacerlo si en el fondo hay algo de arte en cualquiera de sus formas. Que yo hablo de la escritura porque no sé hacer otra cosa, pero de veras que no importa la forma, todas encierran un enorme poder.

Como escritores y lectores hemos aprendido esas maneras de escabullirnos y mucho más que eso. Con un poco de suerte, nos hacemos un jardín secreto en esos márgenes y allí la vida puede ser «agradable y sencilla», al menos un poco.

El tiempo seguirá su camino, la oficina seguirá siendo un horror inevitable porque, para sorpresa de los que demandan que el artista trabaje gratis, seguimos teniendo la mala manía de comer.

Y cuando salga de estos párrafos, que hoy escribo al sol del mediodía y corregiré antes de la luz de mañana, volveré desde el jardín secreto a esa vida que pide como tributo cada sueño que tengas. Yo no me haré sabedor, diré que no sé de qué me habla y los mantendré escondidos en esos rincones a los que no puede llegar.

Soñar es cosa de jóvenes y conseguirlo de afortunados, pero al menos seguiremos siendo los jardineros de los márgenes.

Que a mí se me han muerto todas las plantas, pero la escritura todavía no. Y con esas maniobras con las que nos escabullimos conservamos un poco de cordura y nos recordamos que, a pesar del apartamento ruidoso y las fuerzas justas, esto merece la pena por las razones correctas.